[Geppetto]. Personaje del Pinocho (v.), de Carlo Collodi (Cario Lorenzini, 1826-1890). Él es quien construye, con el pedazo misterioso de madera encontrado por el maestro Cereza, el muñeco extravagante y vagabundo, la criatura más afortunada de la mitología infantil.
Pepito es un hombre que sabe sacar de la vida una sabiduría concreta, no hecha a base de apólogos y amargas conclusiones, sino «fantasiosa», propia de quien ha logrado salvar en el transcurso de sus peripecias la «ingenuidad» del corazón, o, dicho en otras palabras, de quien no tiene «pecado» alguno. Ello hace que Pepito no se asuste frente al «prodigio». El maestro Cereza se turba y tiembla de inquietud ante lo «extraordinario», apenas la vocecita de Pinocho (v.) hiere sus oídos; Pepito, en cambio, no; advierte el milagro no como una violación extraña de las leyes, sino como un acontecimiento natural e inexplicable, que acepta aun a pesar de su edad madura.
En el fondo, Pepito es, como el personaje de la Biblia (v.), un «puer centum annorum»: conserva una ilimitada confianza en la historia del mundo y en la comunidad de los hombres. Para él, éstos no han perdido todavía la serenidad del alma, y creen aún en la alegría y en la sencilla diversión de los juguetes. Por ello Pepito quiere construir el muñeco: está convencido de que éste podrá todavía facilitar a los hombres dicha y consuelo. Posee las dotes que tanto atraen y estimulan a los muchachos: la fe en su universo y la gran inclinación a la bondad. En lo demás, en cualquier ocasión se revela fácilmente su inocencia: en las primeras lágrimas derramadas por las crueles mofas de Pinocho hasta el rasgo heroico que supone la venta de su chaqueta para poder comprar el silabario.
Pepito no desdice nunca de su aspecto inicial, de su ternura ni de su obstinada confianza en su hijo de madera. Jamás le ahoga el cúmulo de aventuras en que se ve envuelto, ni la intervención de poderes sobrenaturales le arrastra hacia una fuga de problemáticas deducciones. Pepito juzga que todo «debe» ocurrir de esta forma, que la ayuda prestada por las hadas para la salvación de los muchachos inquietos es una regla normal de dulzura celeste, y que la felicidad habita siempre sobre la faz de la tierra.
M. De Micheli

