Pepita Jiménez

Personaje de la no­vela de su mismo nombre (v.), del escritor español Juan Valera (1824-1905). Pepita es viuda, pero sólo tiene veinte años.

A los dieciséis se había casado con un tío suyo muy rico y octogenario, sacrificándose para evitar la miseria a su madre y a su her­mano. Y ahora, un año después de la muer­te de aquel marido con quien vivió tres en excelente armonía, su seriedad, lo re­tirado de su vida y lo melancólico de su carácter llevan a creer que llora la muerte de su esposo como si se hubiese casado por amor. En realidad, Pepita amó a su tío por agradecimiento, pero ahora, en medio de tanta calma y de tanta paz exterior, lo que la entristece es más bien un asomo de vergüenza por haber tenido por marido a un hombre de más de ochenta años, y un deseo de pureza contrariado por el re­cuerdo de un matrimonio indigno, estéril y ridículo.

Su figura moral, sin embargo, es irreprochable: buena, piadosa y cari­tativa, el vicario del pueblo no tiene para ella más que elogios. No se sabe cuáles hayan sido sus lecturas, ni siquiera si las tuvo, pero está dotada de un espíritu fuer­te, inquieto e investigador y de una inte­ligencia despierta y muy aguda. En su comportamiento brilla una distinción na­tural que la separa de todo lo vulgar que la rodea. No viste ni como una aldeana ni como una señora de la ciudad, sino qué mezcla ambos estilos con una señoril ele­gancia no incompatible con cierta modestia campesina. Disimula los cuidados que se toma por su propia persona: no se la ve usar cosméticos ni afeites, pero sus manos excepcionalmente bellas constituyen, jun­tamente con sus ojos y sus cabellos, uno de los mayores atractivos de su persona.

Sus cabellos son rubios, sin ornato de joyas ni de flores, aunque su propio peinado sea ya un ornamento; sus ojos son grandes, abier­tos y verdes, verdes como los de Circe (v.), pero de mirada tan honesta como tranquila; diríase que ignora su poder y que cree que los ojos sirven para ver y para ninguna otra cosa. Pero un buen día, por aquellos ojos pasa furtivamente un nuevo relampagueo,  que a partir de en­tonces se repite con cierta frecuencia. Pe­pita se ha enamorado de Luis de Vargas, un joven que, confundiendo el fervor de sus años mozos con el ardor de la fe y la caridad, pretende hacerse sacerdote y mi­sionero, pero que, vencido al fin, un día cambia con Pepita un largo beso, tras el cual, asustado como si hubiese cometido un sacrilegio, quisiera retirarse y olvidar­la.

Entonces el carácter de Pepita se afir­ma de un modo nuevo y original. Su pasión irrumpe con simpática franqueza, con des­nudez idílica y con ingenuo abandono, pero al mismo tiempo con una audacia conquistadora casi varonil. En un largo diálogo con el joven, que le brinda un casto y platónico amor compatible con su futuro estado sacerdotal, Pepita le con­fiesa, entre otras cosas, que está enamorada de su boca, de sus ojos y de sus cabellos, que desea acariciar, y que no comprende ciertas sutilezas. Y naturalmente, Pepita triunfa y se casan.

F. Carlesi