[Percival, Percevaus (Percesvaus), Parzifal, Percyvelle, Parsifal]. Es el héroe de la última gran novela de Chrétien de Troyes (siglo XII).
La última gran imagen creada por la fantasía del trovero champañés, que fue sin duda el mayor poeta de la Edad Media occidental antes del Dante. Es una imagen que se integra con carácter permanente en la «Weltliteratur», pero no tal como fulguró ante la fantasía de su creador, sino interpretada y transformada según un motivo que en el «román» de Chrétien de Troyes es muy aparente aunque no afecte a lo sustancial de la imaginación creadora. Efectivamente, el Román de Perceval (v. Perceval), de Chrétien, lleva un subtítulo: Ou li conte del Graal, que subraya y pone en evidencia el tema que parece verdaderamente más nuevo dentro del marco de la literatura narrativa artúrica.
Y la nueva criatura del gran poeta es acogida precisamente como «caballero del Graal»; y como el Román de Perceval fue dejado sin terminar (a semejanza de lo que ocurrió con el Lanzarote), los «continuadores» se limitaron a desarrollar el tema de la «aventura graaliana» de Perceval, y la misma posición ha tomado la crítica moderna, que asocia estrechamente a Perceval, como personaje, con el motivo poético del Graal, interpretándolo diversamente según las distintas explicaciones que se ha pretendido dar a los orígenes y desarrollo de ese tema (v. Historia del Graal). Ahora bien, hay que precisar ante todo que la leyenda del Graal no existe «antes» de la literatura graaliana: no hay ninguna leyenda que los escritores franceses de los siglos XII-XIII hubieran encontrado ya elaborada y de la que pudieran sacar aquellos temas que mejor convinieran a sus exigencias y a sus gustos.
Existe, en cambio, una infinita materia graaliana a cuya creación y definición cada uno de aquellos novelistas aportó su contribución, utilizando motivos derivados de fuentes muy diversas o inventando motivos nuevos. Los narradores que han creado y elaborado el complejo material graaliano son, en primer lugar, Chrétien de Troyes, y luego Robert de Boron, que vivió en la segunda mitad del siglo XII y que, por una parte, en la Estoire dou Graal, enlaza el tema del Graal con la leyenda cristiana, haciéndolo remontar a los Apócrifos del Antiguo Testamento (v.) y en especial a la Vindicta Salvatoris e identificando el Graal con el cáliz que sirvió para la primera celebración eucarística en la última Cena y en que se recogieron las últimas gotas de la sangre de Cristo salidas de su herida en el costado, y, por otra parte, en el Merlín (v.), asocia la materia graaliana con la artúrica, en cuyo centro sitúa precisamente el Graal; motivo principal del Merlín, en efecto, es la constitución de la tercera «mesa» o «tabla» — después de la de la última cena y de la que, según se narra en la Estoire dou Graal, construyera el custodio de éste, José de Arimatea (v.) —: esta tercera mesa es establecida a instancias de Merlín (v.) por Uter Pendragon, padre de Arturo, y en ella se deja un sitio vacante — el «siege perilleus» — reservado a un héroe que habrá de poner fin a los encantamientos de Bretaña…
Ulteriormente, la novela de Chrétien fué continuada por un autor a quien suele darse el nombre — que aquí, por comodidad, seguiremos aceptando — de Wauchier de Denan, el cual introduce en el tema un espíritu místico, absolutamente ajeno a la imaginación de Chrétien, y más tarde por el autor del «román en prosa» conservado en los manuscritos «Didot» y «De Modena» y constituido por una trilogía compuesta por los dos «romans» de Robert de Boron, prosificados, y un tercero, el Perceval, debido sin duda a un autor distinto,’ que es seguramente quien concibió y organizó la trilogía en la cual se refunden y desarrollan la materia y el espíritu de la obra atribuida a Wauchier y se confieren al héroe aquellos rasgos de grandeza moral y de pureza que aparecen aún más netamente en la interpretación más solemne y grandiosa del tema, el Lancelot-Graal: extensísimo «román» en prosa, que los viejos críticos consideraron como un «corpus» en el que se habían reunido todos los temas de la compleja y multiforme tradición artúrica, pero que Lot ha demostrado ser obra profundamente unitaria.
El Lancelot- Graal es el «román» de aquel a quien se considera el mayor héroe de la Tabla Redonda, Lanzarote (v.), a quien debería estar reservado el honor de llevar a término la más bella «avanture», la conquista del místico Graal; pero como se ha manchado con el pecado de adulterio con Ginebra, no puede cumplirla y ha de dejarla para su hijo Galaad (v.), nacido de su involuntaria relación con la hija del «rey pescador», guardián del Graal. Galaad es, pues, el héroe virgen y perfecto que en la Queste del Saint-Graal, última parte del «román en prosa» de Lanzarote, asume el papel de descubridor y afortunado revelador de la santa reliquia que, en la tradición, era atribuido a Perceval. Este papel es restituido a Perceval en el Perlesvaus en prosa, mientras que la última continuación en verso del «román» de Chrétien, la de Manessier, depende estrechamente del Lancelot-Graal.
Ésta es, en sus líneas principales, la historia del tema del Graal y de su «questeur» en la narrativa francesa de los siglos XII-XIII; y es una historia, repetimos, que aunque provocada por la aparición del último «román» de Chrétien, en realidad se desarrolla en un sentido muy distinto del que éste parecía indicar por su contenido esencial y profundo, si los contemporáneos hubieran sabido interpretarlo rectamente. En la fantasía de Chrétien, la figura de Perceval es mucho más compleja y profunda de la que vieron los contemporáneos: en ella el gran trovero traduce y expresa las notas más reales de su humanidad, de sus meditaciones, de sus experiencias humanas, de su dramática visión del mundo, de la vida y de la humana condición, como recientemente ha revelado una perspicaz erudita, Lorenza Maranini.
El Perceval de Chrétien no es tanto un Conte dou Graal como la historia de la educación del héroe y del despliegue de su humanidad desde su instintivo y salvaje primitivismo hasta su plena y madura conciencia. Y poco importa que, como coronamiento de la laboriosa conquista de la humanidad perfecta, el poeta ponga, más o menos explícitamente, la penetración del misterio del Graal por parte del héroe elegido. El Perceval es la historia «de un hombre que, por haber crecido en la ignorancia y dentro del círculo exclusivo del amor materno, debe hacer por sí solo todos los descubrimientos, enfrentarse por sí solo con el mundo y por sí solo encontrar a su maestro… Por sí solo, sí, pero llevando, siempre a su alrededor no un místico halo, signo de una elección sobrenatural, sino la protección de aquel grande y excepcional amor materno, de aquel amor que por haber sido excesivamente celoso, protector y exclusivo, le ha dejado indefenso frente al mundo y, en cierto sentido, ha causado su perdición.
Este amor, sin embargo, será el que finalmente le Salve, protegiéndole y haciendo recaer sobre su cabeza el perdón iluminador de Dios» (Maranini). La novela de Chrétien está constituida por una trama vastísima de visiones, imaginaciones y figuraciones muy variadas, y por las más asombrosas y estupendas aventuras; pero en el conjunto sólo cuentan, en realidad, las figuraciones e imágenes que contribuyen a fijar el personaje de Pérceval. Perceval no es más que un adolescente simple e ignorante, en la figuración inicial de la novela; educado por su madre—que por culpa de la caballería había perdido al marido y a sus hijos mayores—en el silencio de la remota selva, es mantenido alejado de la caballería por aquélla, que quiere preservarlo de todo riesgo mortal y conservarle para su celoso amor.
Desconocedor del mundo y de la vida, y aun de su propia condición y de su nombre, Perceval tropieza un día con hombres desconocidos, brillantemente armados, a quienes cree ángeles del cielo, cuando no son más que caballeros, que despiertan rápidamente en el ánimo del joven la irresistible vocación de la caballería. Impulsado por ella, abandona a su madre, que cae desvanecida al marchar Perceval. Éste se vuelve a contemplarla, pero el amor filial no lo detiene; por el contrario, espolea su caballo, a pesar de su turbación, decidido a llevar a cabo su proyecto. La abandonada morirá de dolor, y su muerte será culpa de su hijo y pesará sobre todo su destino; y siempre, desde el fondo de su corazón, surgirá la imagen de la doliente y siempre le atormentará el deseo de volver a verla.
Pero cuando querrá regresar, será ya tarde, y la madre de Perceval habrá penetrado en el reino inasequible de la muerte. En la Caballería, por lo tanto, Perceval entra por una vocación mucho más fuerte que el amor materno. En pos de ella va al castillo de Artús (v.) y da muerte al caballero Bermejo y se apodera de sus armas que, en cuanto las viera, había deseado con afán tan ingenuo como intenso; más tarde recibirá de Gurnemanz (v.) la educación viril que le hace falta, y aprenderá las leyes de la caballería. Y mientras conserva aún su inocente alma de niño, encontrará a la mujer que le revelará el amor, Blancaflor.
Pero la revelación de un amor femenino distinto del materno suscita en Perceval el recuerdo de su madre y el remordimiento por haberla abandonado; y el héroe, impulsado por una irresistible nostalgia, tras haber conquistado armas, gloria y amor, no tendrá más anhelo que el de volver a su madre. Pero precisamente en este punto se le ofrece la primera epifanía del Graal en el misterioso castillo del Rey Pescador, herido de una herida incurable y llamado por lo mismo el Rey Lacerado, el cual alberga a Perceval y le ciñe una espada a él destinada. Mientras los dos conversan, atraviesa la sala una breve y misteriosa procesión: un escudero que lleva una blanca lanza de cuya punta cae sobre su mano una gota de roja sangre, otros dos que llevan resplandecientes candelabros, y una doncella con un plato centelleante, el Graal, que difunde por la estancia una luz tan grande que ante ella palidecen las candelas, como las estrellas al salir el sol.
Y mientras ambos están sentados a la mesa, el Graal pasa varias veces ante los ojos estupefactos del joven, que, ardiendo en admiración y en curiosidad, quisiera saber, pero no se atreve a formular la pregunta que le habría liberado y redimido, por cuanto Gurnemanz le había enseñado a guardarse de las palabras indiscretas, pero en realidad, porque su alma estaba paralizada por la culpa de la muerte de su madre. A la mañana siguiente, Perceval deja el misterioso castillo y parte llevando en su corazón la añoranza de su madre (de cuya muerte se entera por el camino) y de su amante Blancaflor, más otro nuevo deseo, más agudo aún y más tormentoso y más potente: el de volver a ver el Graal y la lanza y descubrir su secreto.
Durante cinco años, infatigablemente, anda buscando en vano entre mil aventuras, con las que se enlazan las de otros héroes artúricos, como Lanzarote y, especialmente, Galván (v.). Y en el fondo del corazón del héroe duerme el pasado, fuera de la conciencia, y Blancaflor es olvidada. Pero un día que una bandada de gansos salvajes es atacada por un halcón, y uno de aquéllos es herido por éste, y de la herida caen sobre la nieve tres gotas de sangre bermeja, Perceval, en el rubor que tiñe la blancura de la nieve, ve el rostro de Blancaflor y queda tan absorto por el recuerdo de su amor que se abstrae del mundo exterior, hasta parecer dormido, y sólo despierta para acordarse también de las gotas de sangre qué había visto manar de la lanza misteriosa en el misterioso castillo.
Y otro día en que Perceval es magníficamente agasajado en la corte del rey, una misteriosa doncella viene a hacerle reproches — personificación del remordimiento inquieto y torturado — por no haber pedido explicaciones acerca del Graal; y una vez más, el héroe es empujado a extraordinarias aventuras en pos de la verdad, llevando siempre el corazón lleno de angustia, de dolor y de remordimiento, hasta que por fin un santo ermitaño — hermano de su madre, como lo era el Rey Lacerado, guardián del Graal — le revela que su vida pasada ha transcurrido en la ceguera espiritual, manchada por la culpa, siquiera sea ésta inconsciente.
Entonces Perceval recibe alguna explicación del misterio del Graal, y llora de arrepentimiento, y reza y hace penitencia. Éste es el personaje de Perceval según surgió de la fantasía de Chrétien: trágico y desconcertante personaje, mucho más profundo y solemne que el puro y santo «questeur» del Graal, que sólo vieron en él sus continuadores e imitadores, así como los críticos modernos. Personaje en quien no solamente se expresa y encarna un sentido místico — nuevamente surgido en el alma del poeta, como se ha creído —, sino un dramático sentido de la condición humana, que trasciende la conciencia caballeresca y cortés del mundo y la vida.
A. Viscardi

