Pedro de Urdemalas

Protagonista de la comedia titulada con su nombre (v.) de Miguel de Cervantes Saavedra (1547- 1616). Protagonista más formal que sus­tancial, por cuanto la comedia está cons­tituida por muchos y diversos temas, rea­lizados en episodios en los cuales a veces la presencia de Pedro de Urdemalas no es más que accidental o poco menos. Aun así, las vicisitudes de Pedro constituyen el vínculo más orgánico entre aquéllos.

Pedro nació no se sabe dónde ni de quién, y muy pronto conoció las miserias de la vida en los más variados aspectos, que pusieron a prueba y templaron sus fuerzas físicas, morales e intelectuales. Fue grumete, fue criado en una mancebía, vendió aguar­diente y naranjadas, escribió y vendió me­moriales, ganó y perdió en el juego, sirvió a un mendigo y a un tahúr, en una pala­bra, sus oficios fueron tantos, y tan nume­rosas las mañas que hubo de urdir, que un adivino y mago añadió a su nombre de «Urde» el adjetivo «malas», al par que le vaticinaba nuevas y singulares aventuras.

Pedro, en el juego de las más encontradas fuerzas, aprendió a contar sólo consigo mis­mo, hasta ver el mundo tras el cristal del individualismo más exasperado; asimiló to­das las lecciones de la experiencia y su espíritu se hizo dúctil y sutil, hasta poder sacar partido de lo esencial de cada situa­ción. No le falta ingenio para dictar sen­tencias— burlescas, pero sabias — en nom­bre y por cuenta de un juez necio, ni para idear estratagemas para reunir a dos ena­morados, aunque después se ría de su fu­tura vida conyugal. Si la monotonía de la vida burguesa cotidiana le cansa — y no puede dejar de ser así—, está dispuesto a transformarse en gitano, y aun en más gi­tano que el propio jefe de éstos, que para atraerle le promete casarle con una joven bellísima, con aspecto e ideas de reina.

No es el amor de la mujer el que transforma a Pedro: Pedro atraviesa vicisitudes com­parables a las de Andrés, el enamorado pre­tendiente de La Gitanilla (v.), pero psico­lógicamente su figura es muy distinta. Pe­dro está enamorado, es cierto, pero sólo de la vida y de su propio yo. En el fondo es un optimista, incluso cuando las cosas le van peor; se construye un mundo para su uso personal, sin por ello caer en el egoís­mo; es valiente, sin perder la prudencia y es honrado, pero no le importa quebran­tar de vez en cuando la honradez si se le presenta una bella aventura o se encuentra a alguna de esas personas que parecen he­chas adrede para que otras más inteli­gentes las engañen.

Pedro, capaz de serlo todo y de vivir en todas partes, acaba ha­llando el único medio de realizarse plena­mente haciéndose actor: así hoy será rey, mañana sacerdote y pasado mañana nota­rio. Siempre verdadero, pero con una ver­dad artística, y siempre nuevo, Pedro hu­biera podido quizá ser un dominador: no lo ha sido porque le faltan constancia y pro­fundidad de convicciones. Su única aspira­ción es renovarse, aunque sin menoscabo de una unidad fundamental de vida. Es un típico aventurero español del «Siglo de Oro», pero, más aún, es un típico, pro­fundo y auténtico español.

R. Richard