Pedro Crespo

Uno de los personajes más vivos de la literatura española de to­dos los tiempos, fue llamado así por Félix Lope de Vega Carpió (1562-1635) en su tra­gedia El Alcalde de Zalamea (v.), pero se debe a Pedro Calderón de la Barca (1600- 1681), en su obra del mismo nombre (v.), la fama que le convirtió en un símbolo de la raza.

Pedro Crespo es un rico campe­sino que encarna la más severa moralidad familiar, la rígida «patria potestad» y la probidad sin mancha. A su hijo, que qui­siera verle comprar un título e ingresar así en la nobleza, le replica haciéndole ver que no hay dinero que logre sacarle de su condición de campesino. Por lo demás, de nada valdría una nobleza comprada: el honor no se compra. Ahora bien, Pedro Crespo estima la posición que ha logra­do alcanzar, y si nadie es capaz de ha­cerle subir, tampoco nadie debe poder hacerle bajar.

En un mundo donde la no­bleza y la corte son objeto de gran aprecio, él sabe que vale poca cosa, pero esta poca cosa le pertenece en virtud de un derecho sacrosanto, y nadie debe atreverse a to­carla. A su alrededor, intangibles y sólidos, están los muros de su casa, que son tam­bién los de su honor. En ellos penetra un día don Álvaro de Ataide, capitán de un regimiento que se dirige a la guerra de Portugal. Pedro Crespo, que tiene una bella hija, Isabel, y a auras penas tolera la corte discreta de don Mendo, se ve obli­gado, en virtud de una orden de aloja­miento, a abrir su puerta al capitán.

Éste pone sus ojos en Isabel, pero se halla in­mediatamente frente a las espadas de Cres­po y de su hijo Juan, y sólo la llegada del general Lope de Figueroa, jefe del re­gimiento, evita el choque. A Figueroa, que le echa en cara su actitud ante el capitán, Pedro Crespo le contesta que ahorcaría a quienquiera que tocara un átomo de su honor. Y añade la famosa declaración en que esculpe los límites del poder absoluto del rey: «Al rey la hacienda y la vida / hay que dar, pero el honor / es patrimonio del alma / y el alma sólo es de Dios». Tras la afirmación de esta tesis, la mala suerte de Pedro Crespo quiere que sea sometido a la prueba del fuego.

En efecto, su hija es raptada y ultrajada por el ca­pitán casi en el mismo momento en que la gente del pueblo, nombrando a Pedro Cres­po alcalde, pone en sus manos los medios legales para hacer valer su justa cólera. Pero él es un villano y no puede ponerse a la misma altura que un noble. Por ello, cuando el capitán, herido, por Juan, cae en sus manos., Pedro Crespo le detiene y luego, empuñando la vara que es símbolo de su autoridad, la deposita a los pies de don Álvaro, suplicándole de rodillas que se case con la i oven a quien ha deshonrado. Todo su capital será constituido en dote, y si ésta le parece insuficiente, Pedro Crespo se ofrece como esclavo, juntamente con su único hijo.

Pero el capitán rehúsa desdeñosamente y entonces Pedro Crespo, recogiendo su vara, le promete: « ¡Vive Dios, que me la heis de pagar!» En un sub­siguiente diálogo con Lope de Figueroa, que le conmina indignado a que deje en libertad al capitán, se enfrentan dos mun­dos. El general habla de procedimientos, de deberes nacionales, de derechos y de jurisprudencia. Crespo se limita a exami­nar su caso concreto, la ofensa inferida a su casa, a sus sentimientos y a su digni­dad. Y aunque ha habido quien ha querido ver en este diálogo — síntesis de la obra — la lucha entre el poder civil y el militar, probablemente la vara que Pedro Crespo empuña no es un fin, sino un medio.

Su condición de alcalde le brinda la posibili­dad de hacer valer aquella justicia que había pensado obtener apelando a la con­ciencia del culpable. Y la hace valer sin pensarlo dos veces. Cuando llega el rey, precisamente mientras don Lope se apresta a hacer saltar la puerta de la prisión para libertar al capitán, Pedro Crespo defiende con toda calma la legalidad de su acto y, mandando abrir la puerta, muestra al ca­pitán, que ha sufrido ya la pena infamante del garrote. Como siempre ocurre en el teatro español, el rey aprueba y Pedro Crespo, en lugar de ser castigado, es nombrado alcalde perpetuo de su pueblo.

Mien­tras el cortejo real se aleja seguido por los soldados, Pedro permanece erguido jun­to a su puerta, mirándole. Su hija, des­pués de la tragedia, se retira a un con­vento. Su hijo ha seguido a don Lope. Y él se queda solo y triste, pero en su corazón lleva la orgullosa certeza de haber defendido su legítimo derecho.

F. Díaz-Plaja