Hijo de Menecio, es el gran amigo de Aquiles (v.) en la Ilíada (v.). En su tierna juventud se había refugiado junto a Peleo, tras haber dado accidentalmente muerte a uno de sus compañeros.
Con ocasión de la guerra de Troya es designado como acompañante y en cierto modo mentor de Aquiles, algo más joven que él. Como se sabe, Homero, en la Ilíada, refundió y unificó una parte de las leyendas que formaban ya el patrimonio de una floreciente poesía épica y su mayor creación consistió esencialmente en estructurar el poema, aprovechando en gran parte personajes tradicionales que sólo modifica en algunos rasgos, de acuerdo con el gusto de los nuevos tiempos. Entre ellos Aquiles ocupa un lugar especial: es sin duda uno de los personajes más antiguos del mito, pero dada su posición de figura principal, debe también considerársele creación homérica, por lo menos en cuanto, a diferencia del antiguo Aquiles (que por encima de todo era un destructor de ciudades, afanoso de botín), asume el aspecto más moderno de guerrero generoso y sensible, capaz de amistad y de compasión humana. En función de estos nuevos aspectos del protagonista, Homero puso a su lado a Patroclo, personaje nuevo en la guerra de Troya.
Con la amistad de Aquiles por Patroclo, Homero creó una diversión al ímpetu pasional de Aquiles, eliminando a la vez las historias de ferocidad que antiguamente habían estado siempre vinculadas al nombre de aquél. De ello resulta que Patroclo, en cuanto invención, nos permite vislumbrar más fácilmente los ideales de que surge la poesía de la Ilíada. Homero siente verdadera predilección por esta figura: varias veces se dirige directamente a Patroclo, en vocativo, y esta relación entre el poeta y su criatura indica el particular afecto y la complacencia con que ésta está tratada, además de su novedad, que exige medios estilísticos también nuevos o por lo menos poco frecuentes. Por lo mismo que Patroclo no es concebible sin Aquiles, hay que ver en él la amistad como rasgo dominante y como impulso continuo que le lleva desde su primera aparición en el poema hasta su muerte.
Cuando Aquiles se retira de la asamblea, en el canto I, Patroclo le sigue y desde aquel momento hace causa común con él, compartiendo en todo su suerte, su dolor y su desdeñoso retiro. Él es quien debe entregar la cautiva Briseida (v.) a los enviados de Agamenón (v.), pero acto seguido desaparece de la acción, al igual que Aquiles. Cuando, en el canto IX, una nueva embajada de Agamenón se dirige a la tienda de Aquiles para ofrecerle la reconciliación, encuentra a éste tocando la cítara y cantando las hazañas de los héroes. «Solo, frente a él, estaba sentado Patroclo, en silencio, observando al Pélida y esperando las pausas de su canto».
La conversación en que Patroclo ruega a Aquiles que le permita volver al combate tiene una importancia capital en la Ilíada, por cuanto explica y justifica los acontecimientos finales del poema, tanto la venganza feroz contra Héctor (presentada como doloroso homenaje a los manes de Patroclo), como el episodio de humana compasión del último canto, en el que Príamo y Aquiles se unen en el común lamento por la pérdida de sus más queridos seres. En el diálogo del canto XVI, Aquiles vacila entre la ira y el deseo de contentar a su amigo, mientras Patroclo se halla indeciso entre su afán de ayudar a los aqueos y su miedo a ofender al Pélida.
Prevalece la amistad, y de ello derivan graves calamidades. Tras la muerte de Patroclo su recuerdo pasa a ser el hilo conductor de los acontecimientos que se narran. El penúltimo canto está totalmente lleno de la memoria de Patroclo: su sombra aparece a Aquiles en sueños, recordándole el pasado, más como íntima amistad que como camaradería de armas («no volveremos a estar juntos, en vida, ni a darnos mutuamente consejos, sentados lejos de nuestros compañeros queridos»), y le pide que su hermandad sea perpetuada en la sepultura, con la unión de las cenizas de ambos en una misma ánfora.
En efecto, Aquiles no habrá de tardar en morir, como Patroclo le recuerda, y sólo la amistad entre ambos quedará en la memoria de los hombres. Entonces un único sentido de solidaridad se extiende entre todos los vencidos. La Ilíada termina en el llanto y la paz, y en la inminencia de nuevos lutos; y Aquiles no puede sino sentirse próximo a los troyanos, que como él viven en doloroso recogimiento por las pérdidas sufridas y en espera de un próximo fin.
F. Codino

