Pater-Whisky

Es el mote con que se nombra al cura de la novela El poder y la gloria [The Power and the Glory] del gran escritor inglés Graham Greene (n. en 1904).

Bajo el sol llameante de México, un hombre pequeño, de hombros caídos, ves­tido con un traje de calle oscuro y andra­joso, espera tomar el barco que le con­ducirá a Veracruz. Es un hombre acosado por la policía y por su conciencia. Es un sacerdote, un mal sacerdote, y él lo sabe: es el «pater-whisky». Ya no lleva el alza­cuello romano. No le miman como antes con menudas delicadezas en una atmósfera íntima y respetuosa, regocijado con los ino­centes chistes femeninos. Ahora le persi­guen para matarlo. Y le persiguen porque es sacerdote, un sacerdote pecador, indigno, pero en definitiva, por encima de todo, a pesar de todo, «sacerdos Dei», sacerdote de Dios.

Su vida está llena de claudicaciones: las fiestas de guardar, ayunos y abstinen­cias fueron los primeros desatendidos; des­pués cesó de preocuparse por el rezo de su breviario, el cual por fin abandonó en uno de sus periódicos intentos de fuga. Luego la piedra del altar se hizo dema­siado peligrosa para ser acarreada. No de­bía decir misa sin ella; probablemente se exponía a una suspensión de licencia, pero en aquel momento la única pena que con­taba era la civil de muerte. El cura está obsesionado por sus pecados mortales. Ha­biéndose quedado por orgullo en el Estado de Tabasco, sometido a persecución, no ha podido soportar la soledad: cede al alco­holismo; una tarde de borrachera peca con una campesina.

Para ella se trata de un incidente; incluso la enorgullece el ha­ber sido la mujer del cura. Pero él lleva una herida que le hace pensar que se ha acabado el mundo. De este pecado nace una hija precozmente extraviada. Y este sacerdote cobarde y borracho renuncia a tomar el barco que le salvaría, para seguir a un niño que le suplica que vaya a admi­nistrar los sacramentos a su madre. No sólo esto: cede al mestizo la muía que debía hacerle posible su propia huida, dando así ocasión al que le va a traicionar de hacerse curar en la ciudad. Más aún, la caridad le hace repasar la frontera con el mestizo, quien le hace creer que un gángster mori­bundo pide los sacramentos.

El «pater-whisky» es fiel a su vocación. En otro tiempo todo parecía muy sencillo. Predicar y ben­decir, organizar hermandades, tomar café con damas piadosas detrás de las ventanas enrejadas, bendecir casas nuevas con un poco de incienso, estrenar guantes negros… Todo muy fácil. Ahora todo resulta un mis­terio. El cura se da cuenta de su propia insuficiencia desesperada. Porque se ve solo y pecador, comprende a los seres a quie­nes confiesa y da la comunión al azar de su huida. Por eso interrumpe brutalmente a una vieja que se confiesa de abstinencias rotas, de rezos mal hechos y no de sus pecados verdaderos y le pregunta si siente amor por alguien que no sea ella misma. A la respuesta altanera de la vieja de que ella ama a Dios, le contesta el cura: « ¿Có­mo lo sabe usted? Amar a Dios no es dis­tinto que amar a un hombre… o a un niño.

Es querer estar con Él, estar cerca de Él… Es querer protegerle a Él’ contra usted misma». El «pater-whisky» administra los sacramentos y él es el único que no se ha arrepentido ni confesado. Se siente le­jos de Dios a pesar de la proximidad, a pesar de que perdone los pecados de los demás en su nombre, y transforme el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Jesu­cristo. El peor mal es perder a Dios y el cura de la novela lo sufre en su propia carne. Es su infierno; por eso reza con voz aguardentosa: «Que me cojan pronto… que me cojan pronto». La vergüenza lo abate, la vergüenza de que los hijos de aquel Estado no conocerán nunca más sacerdote que este harapo humano que él arrastra de pueblo en pueblo.

Pero él es un verdadero ángel de compasión para todos aquellos por cuyo lado pasa. El «pater-whisky» sueña con pasar la frontera del Estado vecino, donde podrá encontrar un sacerdote y confesarse. Así espera poder empezar una nueva vida, una vida en gracia de Dios. Porque — pien­sa — la Iglesia enseña que el primer deber de los hombres es salvar su propia alma. En su cerebro se agitan las ideas sencillas de cielo e infierno: la existencia sin libros, sin contacto con personas educadas, ha des­pojado su memoria de cuanto no fuera el más simple esquema del misterio. Pero el «pater-whisky» no puede pasar la frontera. Responde a la llamada del Amor — esta vez por boca de un traidor — y se dirige a la muerte, a su muerte.

Los diez años de acoso van a terminar por fin. La cárcel en la que le encierran — la primera vez — se parece mucho al mundo que ha conoci­do: atestado de lujuria, crimen y amor des­graciado. El «pater-whisky» tiene miedo. Declara a sus compañeros de prisión que es sacerdote, un mal sacerdote: «He hecho cosas de las cuales no les podría hablar: tan sólo puedo susurrarlas en el confeso­nario». Al cura le conmueve un afecto enorme por los habitantes de la cárcel y les dice: «Así amó Dios al mundo… Hijos míos, no habéis de creer nunca que los santos mártires sean como yo. Para mí te­néis un nombre. Oh, yo os lo he oído em­plear antes de ahora. Soy un ‘pater-whisky’. Estoy aquí porque me encontraron una botella de aguardiente en el bolsillo».

No podrá nunca figurar en un santoral o en el martirologio: ha sido contado entre los impíos. No es más que un criminal entre un hato de criminales y tiene una sensa­ción de compañerismo que nunca experi­mentara en tiempos antiguos, cuando las gentes piadosas se llegaban a besarle el guante de algodón negro. Piensa que si Dios le tiene destinado a salvarse, se po­drá evadir delante del mismo piquete de ejecución. Pero Dios es misericordioso; sin duda la única razón por la cual Él le ne­garía su paz sería la de que aún fuera útil para salvar su alma; la suya o la de otro. Pero ya, ¿qué utilidad es la suya? Le tienen acorralado. La muerte le ame­drenta, la temerá más aún cuando amanezca; pero ya comienza a sentirse atraído por su sencillez.

Cuando vuelvan a cogerle no será por llevar una botella de aguar­diente en el bolsillo, sino porque ya saben quién es: un sacerdote. Unos días antes de su ejecución, el cura explica al teniente que lo ha hecho prisionero: «No debe usted creer que todos sean como yo… Hay curas buenos y curas malos. Es lo que yo soy, precisamente: un mal cura». Y a la res­puesta del teniente de que entonces quizá harán un buen servicio a la Iglesia, se li­mita a añadir con enternecedora humildad: «Sí». En las revoluciones ateas — sigue di­ciendo el cura — es preciso que los revo­lucionarios sean buenos; sí, al principio, son con frecuencia idealistas sinceros, los que les suceden son malos; entonces vuelve el hambre y los azotes antiguos aumentados tal vez. «Por el contrario, no importa gran cosa ^ que yo sea un cobarde… y todo lo demás. De todos modos, puedo depositar a Dios en la boca del hombre y puedo darle el perdón de Dios.

Y esto sucedería igual aunque todos los curas de la Iglesia fue­sen como yo». El cura morirá sin confe­sión. El padre José — otro «pater-whisky» — tiene miedo de ir a confesarle. Su mujer no le deja. El teniente le da aguardiente porque el sacerdote lo necesita para calmar el dolor al que siempre tuvo miedo. El cura está afligido, pues sabe que no puede absolverse a sí mismo. Después de beberse la botella de aguardiente empieza una es­pecie de confesión general. Se acuerda de su hija y pide a Dios que la ayude; él se merece la condenación, pero pide la vida eterna para ella. Piensa que éste es el amor que debería sentir por todas las al­mas del mundo y procura rogar por el mestizo, el teniente… pero otro fracaso más: tan sólo es por ella por quien reza.

Los ocho años de servicio duro y deses­perado le parecen tan sólo una parodia de servicio: unas pocas comuniones, unas po­cas confesiones, y un mal ejemplo sin fin. Piensa: «Si al menos tuviera una sola alma que ofrecer, para poder decir a Dios: He aquí mi trabajo». Ha habido gente que ha muerto por él. Se merecían un santo, pero Dios no había juzgado conveniente man­darles uno. El «pater-whisky» se siente en­fermo de miedo, le duele el estómago y tiene la boca seca por el alcohol. La ma­ñana de la ejecución, agazapado en el suelo con la botella vacía en la mano, procura recordar el acto de contrición. Siente una desilusión inmensa por tener que ir a Dios con las manos vacías, sin ninguna obra en absoluto. «En aquel momento le parecía que hubiera sido muy fácil ser santo. No hu­biera hecho falta más que un poco de do­minio de sí mismo y un poco de valor.

Sentíase como quien ha perdido la felici­dad por llegar unos segundos tarde al lu­gar de Ja cita. Ahora comprendía que al final sólo cuenta una cosa: ser santo». La muerte del «pater-whisky» es aceptada como un martirio: es una muerte por Cristo. El día de su ordenación, Dios tomó su vida y todo su ser elevándolo a un nivel sobre­natural, transformándolo interiormente, pe­ro en el exterior, dejándolo tan vulgar como antes. Era preciso el pecado, la experiencia dolorosa del pecado, para que el cura tuviera conciencia de que el mayor mal es perder a Dios. Era preciso que el orgullo le hiciera caer de pecado en pe­cado para que adquiriera la humildad de saberse pecador.

Así, acosado por Dios, el «pater-whisky» tiene certeza de su condena­ción, porque sabe bien que está lejos de Dios, él precisamente, él que ha perdonado los pecados en nombre de Dios, él, en vir­tud de cuyas palabras, Dios ha bajado a la tierra. Temblando de miedo, ha muerto por Cristo deseando perdón y amor desde su radical soledad. Ha muerto sacerdote, pe­cador, indigno, manchado, pero a pesar de todo, sacerdote de Dios para siempre.

J. M.a Pandolfi