Hijo de Licaón, en la Ilíada (v.), es uno de los más famosos guerreros troyanos, «a quien el propio Apolo había dado el arco».
En efecto, se distingue por su habilidad como arquero, gracias a la cual, en el canto IV, hiere a traición a Menelao (v.). Ello ocurre durante la tregua, tras el duelo entre Menelao y Paris (v.), ya que los dioses quieren que la guerra se reanude, y Atena aconseja a Pándaro que viole el pacto atacando al héroe griego. El atentado prepara así la gran batalla del canto siguiente, en la cual el propio Pándaro halla la muerte. Éste es el canto dedicado a Diomedes (v.), que domina todo el combate: contra él se dirige Pándaro que, desde lejos, logra herirlo con una de sus flechas. Pero Diomedes cuenta con la protección de Atena, que le cura y le hace encontrarse con el que le hirió.
Pándaro se da cuenta de que una fuerza divina asiste a su adversario, y tiene el presentimiento de su fin. Entonces habla a Eneas (v.) del nuevo peligro y de su arco, y pasa luego a recordar su casa y su familia, en uno de aquellos arranques de nostalgia que a menudo tienen en Homero los guerreros próximos a morir. Pero el arco con que hiriera a Diomedes habrá de ser su desgracia: «Si puedo volver a ver mi patria, mi mujer y mi casa alta y grande, córteme otro en buena hora la cabeza si no arrojo este arco al fuego llameante, tras haberlo hecho pedazos». Poco más tarde, el arco falla frente a Diomedes, quien de un solo golpe derriba a Pándaro de su carro, «poniendo fin a la vez a su vida y a su ímpetu».
F. Codino

