[Paphnuce]. Figura de anacoreta, que Anatole France (1844-1924) nos presenta en su novela Tais (v.), tomándola de una vieja tradición medieval.
En el desierto, recordando, para humillarse, sus años juveniles en que no faltaron los pecados del deseo, Pafnució evoca con la imaginación a la bella cortesana Tais (v.) y concibe el proyecto de ir a verla para redimirla del oprobio en que vive, en medio del escándalo de todos, y para hacerla volver, convertida, al seno de la Iglesia cristiana. Pero en la ambición de Pafnució, venerado como un santo, pueden vislumbrarse desde el principio, sutilmente implícitos, los celos y el orgullo. Así lo advierte el anciano Palemón, que, al solicitarle Pafnucio su parecer, le aconseja que se quede.
Consejo inútil, por cuanto Pafnucio marcha a Alejandría, arranca a Tais — que había llegado a ser una celebérrima actriz — de la impía compañía de sus amigos (tras haber creído ver, en la revelación que ella le hace de haber sido bautizada de niña, un signo de la rectitud de su inspiración) y, a pesar de que Nicias le advierte del peligro de oponerse al vengativo numen de Venus, la deposita en un lugar sagrado y la pone en camino de santidad. Pero él, en cambio, no puede volver a encontrar la paz, obsesionado por la atractiva visión de la cortesana. Y tras una serie de tentaciones diabólicas, interpretadas como señales divinas, el terrestre amor del anacoreta acaba explotando en un gesto blasfemo.
El espíritu escéptico y volteriano de France no carece sin embargo de ciertos toques de ternura; de modo que la figura de Pafnucio está concebida en un clima a la vez de ironía y de compasión, y el arte con que se le retrata es de una sabrosa limpidez. Ciertos efectos de visión, largamente preparados y resueltos sobre fondos de triunfal amplitud, resultan inolvidables: desde las primeras tentaciones — los pequeños chacales sentados a los pies del ermitaño, que van empequeñeciendo y multiplicándose sucesivamente, hasta aparecérsele por millares — hasta aquella parte realmente orquestal, en la que, al pie de la columna donde Pafnucio ha decidido vivir, creyendo obedecer a un mandato divino, surge como por encanto, y crece, viva y varia, una ciudad oriental, como en un maravilloso film que renovaría la gloria de un René Clair, sin que fuera necesario entrar en ninguna sala para verlo y gozar de él hasta el infinito.
R. Franchi

