Padre Pedro

[Prete Pero]. Es uno de aquellos personajes imaginarios en quienes el pueblo gusta de encarnar alguna verdad proverbial o alguna pequeña paradoja de la vida.

Francesco Redi en uno de sus «scherzos» le define así: «El padre Pedro era un maestro / que enseñaba a olvi­dar, / torpe, sí, aunque muy diestro». Este singular tipo de sacerdote, que enseña una materia aún más singular, vivió durante más de un siglo en la fantasía del pueblo toscano, en la que le descubrió Giuseppe Giusti, el cual, amplificando la incongruen­cia de su magisterio en relación con su hábito, le convirtió en un párroco inge­nuo, prudente y evangélico, todo candor, e imaginó — en un sueño — que por un ex­traño azar el padre Pedro llegaba a ser Papa.

Así nació «el pontificado del padre Pedro» [«II papato di Prete Pero»], oda satírica muy vivaz que en pocas estrofas narra la obra revolucionaria, y aun ca­tastrófica, de aquel Papa que aboliendo los atributos terrenales y los privilegios temporales quiso llevar nuevamente la Igle­sia a su estado primitivo. Pero tal propósito suscita la conjuración de todos los tiranos de Europa, interesados en el «statu quo», los cuales deciden nada menos que desembarazarse de él administrándole una do­sis de arsénico. La sátira, escrita en 1845, bajo el blando pontificado de Gregorio XVI, pareció hallar confirmación en los primeros actos revolucionarios de su sucesor Pío IX, consagrado en 1846. La popularidad del padre Pedro duró más que las generosas intenciones con que el nuevo Papa iniciaba su pontificado, y más también que las ilu­siones que Gioberti se hizo, de un papado liberal y federalista.

Se puede decir que el buen sacerdote empezaba ya a caer en el olvido, cuando reapareció en una nueva encarnación, con nuevos atributos y unas funciones más realistas, en una comedia de Dario Nicodemi titulada con su nombre. En ella ya no es simplemente el buen cris­tiano que «vive y deja vivir», sino uno de aquellos fervorosos patriotas que bajo la sotana llevan un alma de soldado más que de asceta. Bajo este aspecto, el autor le hizo decir palabras de fe y de exhortación durante la primera guerra mundial. Así, la evolución del padre Pedro, iniciada como maestro de soñoliento olvido en el si­glo XVII, terminaba presentándolo como maestro muy despierto, en el segundo de­cenio del siglo XX.

M. Ferrigni