Oliver Alden

Protagonista de la no­vela El último puritano (v.), del filósofo americano de origen español Jorge Santa­yana (1863-1954). En la persona de Oliver, vástago de la casi extinguida aristocracia puritana de Boston, se representan y analizan los últimos restos de la que fue en la vida americana la más poderosa tradición moral.

El héroe nace rodeado de todos los dones temporales: recibe la mejor educa­ción burguesa; pasa por una gran variedad de situaciones temporales, pero como, a pesar de sí mismo, es un puritano, víctima de la «tragedia del espíritu cuando no se contenta con comprender sino que aspira a gobernar», el mundo permanece extraño a él y su espíritu no se habrá de reconci­liar con la existencia de un hecho tan li­bre, turbulento y falto de rigor moral como es la vida humana.

Sus virtudes más admirables — la finura intelectual, la disci­plina moral, el odio a la mentira, la he­roica honradez, la implacable integridad y la pureza escrupulosa — le condenan «a en­trar atado de pies y manos en el reino de la rectitud». En la raza que Oliver simbo­liza, como «último» descendiente, la sangre ardiente de los antepasados puritanos se ha transformado en la fría agua límpida de las colinas de Nueva Inglaterra, como los duros huesos de la doctrina, a cuyo alre­dedor los colonizadores forjaron sus densas vidas coherentes con una densa y coherente visión de la vida, se han convertido en el mero esqueleto de una actitud moral que ya no responde a la vida, pero que se man­tiene absoluta en su negativa a aceptar todo compromiso con ésta: estructura for­mal del espíritu que arrostra la experien­cia humana con la absurda e impotente hostilidad de un dinosaurio fósil.

La vo­luntad de Oliver nada puede contra esa forma petrificada que se ha identificado con la forma de su propio espíritu: todos sus esfuerzos para establecer contacto, y aun comunicación, con aquello que su espíritu moralmente rechaza, deben terminar en el fracaso. Todas las ocasiones clásicas de la vida le fallan: no puede «entregarse» ni al amor ni a la guerra, a pesar de que un puritano sentido del deber exige que pida la mano de una joven y que muera de uni­forme, o mejor dicho, en el campo de ba­talla.

Su conciencia «absolutista», aleján­dolo del mundo que le rodea, hace de él un eterno «pretendiente, que proclama en el exilio su derecho divino a la corona». En él, dice el autor, «el puritanismo llega a su conclusión lógica. Oliver se convenció, en un plano puritano, de que ser puritano era un error. Pero a pesar de ello siguió siendo puritano».

S. Geist