Noé

[Noaḥ]. Personaje bíblico, es el hombre justo salvado del Diluvio, cuya historia se narra en el Génesis (v.). La Escritura lo ambienta pintorescamente en una época de contornos legendarios, en tiempo de los gigantes nacidos de la mis­teriosa unión de los «hijos de Dios» con las bellísimas «hijas de los hombres» (pro­bablemente se trata de los descendientes de Set y de las descendientes de Caín), y de los «famosos héroes de la antigüedad»: época de sombrías maldades, de tremendas violencias, de pasiones primitivas, en la que cada ciudad era una desenfrenada Babel y todo pueblo sucumbía ante el demonio de la ambición y la crueldad.

No quedaba en el mundo entero ni una sola región donde florecieran en paz la justicia y la virtud. Por ello la ira de Dios se cernía sobre la tierra, pero nadie se daba cuenta ni era capaz de leer en el cielo ni de escuchar en las siniestras amenazas del trueno los presagios de venganza, a excepción de un ignorado y humilde agricultor, el cándido Noé, único guardián de la ley de Dios en aquella selva de hierro que había brotado sobre la tierra maldita y ya condenada a la perdición. Y Dios amaba a Noé, hasta el punto de visitarle y de desahogar con él su dolor y su amor, hasta que un día le reveló el castigo destinado a la humanidad y le ordenó la construcción del arca en la que deberían salvarse él y su familia.

Des­de aquel momento, el hombre de Dios ad­quiere una talla gigantesca, sin parangón con las de sus soberbios contemporáneos, tan espectaculares como trágicamente efí­meros. Tal vez jamás Dios había dado una orden tan extraña y tal vez jamás fue obe­decido con tan silenciosa tenacidad y tan sereno fanatismo. Noé es realmente una de aquellas figuras de hombre dotado de sublime tesón en su fe en lo invisible, en cuyas manos residen los destinos del mun­do. Verdaderamente puede llamársele nuevo y más puro Adán (v.) en cuanto, siquiera parcialmente, la humanidad recomenzó en él, remontando los turbios torrentes del mal hasta orígenes más puros o al menos no tan mancillados.

Luego, con no menos su­blime naturalidad, una vez terminado el Diluvio, Noé abandonó sobre el Ararat su extraña nave sin velas, ni remos, ni timón, con la que, como aventurero piloto, había impávidamente navegado sobre las aguas que cubrían las más altas cumbres, para volver a ser el humilde e ignorado labriego de otros tiempos. Por entonces ocurrió el episodio de su embriaguez, y el héroe del Diluvio que, por ignorancia de la fuerza del mosto, había sucumbido a ella, se trans­formó desde entonces en el recuerdo de la humanidad en una especie de pacífico y sereno Baco bíblico, pálida pero no mez­quina figura de aquel que un día reuniría en el agua del bautismo y en el vino de la eucaristía los dos sacramentos verdade­ros restauradores de la humanidad.

C. Falconi