La Nodriza

[Nurse]. Personaje de Romeo y Julieta (v.), tragedia de William Shakespeare (1564-1616). Responde a un tipo ya fijado en la literatura dramática desde la antigüedad; realmente, sus dis­cursos difieren apenas de los de la Nodriza de las Coéforas (v.), de Esquilo (vv. 734 y sigs.), excepto que en el personaje shakespeariano la patética solicitud adquiere aspecto grotesco: «… Y de eso hace once años, porque ésta [Julieta] ya se tenía en pie por sí sola; ¿qué digo?, corría y se metía por todas partes; me acuerdo que el día antes se había hecho un chichón en la frente y mi marido — ¡Dios le tenga en su gloria!, era un hombre muy divertido — la levantó y le dijo: ‘¿Qué es eso de caerte de bruces? Cuando seas más lista, apren­derás a caerte de espaldas; ¿no es verdad, Julieta?’ Y, por Nuestra Señora, la pica­rona dejó de llorar y dijo: ‘Sí’. ¡Ya veis como una broma, a veces, resulta cierta! Os aseguro que aunque viviera mil años no olvidaría aquella escena: ‘¿No es ver­dad, Julieta?’, dijo él. Y la muy locuela dejó de llorar y dijo: ‘Sí’» (acto I, esce­na 3, vv. 35 y sigs.).

Así esta nodriza de Julieta charla sin cesar, mezclando a sus palabras alusiones groseras, como corres­ponde a quien pertenece al mismo ambien­te soez y despreocupado que constituye el fondo de dramas como Medida por medida (v.) y Troilo y Crésida (v.): está hecha de la madera de las alcahuetas, y después de haber favorecido el amor de Romeo (v.), toma el partido de Paris, que consi­dera más conveniente a Julieta: «Romeo está desterrado, y yo apuesto el mundo entero contra nada a que no se atreverá a volver a reclamaros, o, si lo hace, ten­drá que hacerlo a escondidas.

Y ya que las cosas están así, creo que lo mejor que podéis hacer es casaros con el conde. ¡Oh! ¡Es todo un caballero! Romeo, a su lado, es un pelagatos… Maldita sea mi alma si no creo que para vos ese segundo partido sea una fortuna, porque es mucho mejor que el primero: además, aunque no lo fue­ra, vuestro primer marido ha muerto, o es como si hubiera muerto, desde el momento que, aunque esté vivo en este mundo, no sirve para nada» (acto III, 5, 213 y sigs.).

M. Praz