[Nō’ōmī]. Suegra de Rut (v.) y bisabuela de David (v.). En estos dos nombres reside todo su significado simbólico y toda su santidad. A ella, como antepasada del Mesías, se apega la joven moabita, dejando su patria y sus dioses para seguirla a Belén, en un mismo dolor y para servir a un mismo Dios.
Viuda y privada de sus hijos, se lamenta con la voz de Job (v.): «No me llaméis Noemí (nō’ōm = consuelo); llamadme amarga, porque mucha amargura me ha dado el Omnipotente. Llena salí de aquí y vacía me ha hecho volver Dios». Este pensamiento parece marcar los años de su vejez, al lado de la mansedumbre de su nuera viuda, renombrada entre las gentes. Pero la descendencia mesiánica que duerme en ella vuelve a despertar en el país donde habrá de nacer Cristo, llevándola de la mano y del pensamiento y haciéndole en cierto modo colaborar con la Providencia: Rut halla un esposo y un hijo, Obed.
Noemí ya no se halla en medio de un cuadro pastoril, sino en el centro de una gran historia, ya que aquel niño es, según la ley, su hijo, el hijo de su marido muerto: «Ha nacido un hijo a Noemí… fue padre de Isaí, padre de David». En el camino de su dolor Noemí decía: « ¿Tengo acaso todavía hijos en mi seno?» Y ahora «Noemí tomó al niño, lo puso sobre su seno, y fue para él como una nodriza».
P. De Benedetti

