Del emperador Nerón puede decirse que es, desde sus orígenes, un personaje literario, hasta tal punto que a veces parece posible preguntarse si como hombre existió jamás.
Sus primeros historiadores, Tácito (55-120), en sus Anales (v.), y Suetonio (69?-m. después de 121), en sus Vidas de los doce Césares (v.), recogen ya su leyenda: es el artista que incendió la capital del mundo para poder cantar mejor el incendio de Troya. Poco importa que se trate únicamente de una leyenda. Pero Nerón es también el hombre que no supo asumir la responsabilidad de sus actos, de tal modo que aparece a nuestros ojos como el más temerario entre los audaces y a la vez como el más mezquino de los cobardes. Por ello en la cultura popular Nerón es el clásico bribón, que puede saltar locamente de un extremo a otro, sin llegar en realidad a conclusión ninguna. Esta interpretación no es superficial. Ante tales posibilidades la literatura reaccionó muy pronto: en Británico (v.) de Racine, Nerón es todavía joven pero está cansado de tres años de reinado virtuoso.
Sus sospechas contra su ambiciosa madre y contra su hermanastro Británico remueven el fondo de su alma, y su súbito amor por Junia, no correspondido, precipita el estallido de su crueldad y lo demuestra la ferocidad con que se complace en amenazar a Junia con hacer perecer a Británico, obligándola a ocultar el amor que siente por éste, si quiere salvarlo, y hacerle creer que es el emperador quien ahora merece sus preferencias. Sádicamente, la encuentra más bella entre las lágrimas y el terror, y cuando ve que el amor de la joven por Británico es invencible, no vacila en decidir la perdición de éste.
Su larga sumisión a Agripina sólo lo lleva a escuchar pacientemente sus reproches y su defensa, y a fingirse convencido y aun obediente; pero el veneno de Locusta está preparado y las exhortaciones del viejo Burro de nada habrán de servir. Asimismo, los pérfidos consejos de Narciso hallan en Nerón un oído complaciente. Una vez muerto Británico, Nerón oye fríamente la acusación de Agripina; pero la entrada de Junia entre las vestales le enfurece, mientras Burro piensa que el fratricidio no será el último de sus crímenes. Así la figura de Nerón queda ya dibujada como la de un hombre a la vez cruel y abúlico, frenético y cobarde.
Los siglos XVII y XVIII pocas notas añadieron a su figura a pesar de que muchas obras se titularon con su nombre (v.). En 1675, Camillo Boccaccio hizo representar su tragedia Nerón (v.) y a ésta siguieron los melodramas de Perti, Duni, Pallavicino, Orlandini, Handél y, en el siglo XIX, las óperas de Reissiger, Rubinstein, Rasori, etc. También Goldoni escribió un Nerón, hoy perdido. Los rasgos de Nerón no cambian en el Nerón y Acté, de Alexandre Dumas padre: únicamente se acentúan en un claroscuro más o menos romántico. En el drama Nerón (v.) de Pietro Cossa (1830-1881), ulteriormente puesto en música por Mascagni, Nerón continúa y amplía la concepción popular: es un poeta mediocre convertido casualmente en emperador; temerario y sentimental en el sueño, vil ante la realidad.
Y su drama, en el fondo, consiste en esa ocasional posibilidad de realizar sus sueños, para asustarse de ellos en cuanto los ve convertidos en hechos concretos. Con el Quo Vadis? (v.) de Henryk Sienkiewicz (1846-1916), Nerón pasa a ser francamente popular: el romanticismo y el positivismo al influir en su figura hacen posibles nuevas interpretaciones. Nos hallamos ahora ante un egoísta histrión, afanoso de idealizarse a sí mismo; un pobre diablo, al fin y al cabo, que no sería nadie si los demás no le secundasen y si no poseyera una particular habilidad en hacerse crear por ellos: sus extremos no residen en él sino fuera de él, y se llaman Tigelino, el incendiario, y Petronio (v.), el poeta.
En nuestro siglo y en la ópera titulada con su nombre (v.), Arrigo Boito (1842-1918) hace de él un obseso que proyecta su perfidia en la sombra pavorosa del más allá; y con él Nerón parece horrorizarse de lo que dos milenios de leyenda han hecho de él, y buscar en lo sobrenatural un auxilio para poder sostener su perfidia.
U. Déttore

