Nehemía

 [Něḥěmyāh]. Esdras (v.) y Nehemías se yerguen sobre los cimientos de Jerusalén como dos obreros venidos de lejos, cuyos martillazos se alternan en un adormecido taller.

Todo su siglo está lleno de grandes imágenes en la ciudad desierta, como la del sacerdote Esdras, la del pro­feta Malaquías (v.), la del profeta Abdías (v.) y la de Nehemías. Jamás tampoco Jerusalén estuvo más desnuda, de cuerpo y de alma, ni jamás sus murallas semiderruidas soportaron tantas infiltraciones pa­ganas. Nehemías, nacido en Babilonia, eu­nuco y copero del Gran Rey en Susa, su­fría en el destierro al considerar la im­potencia de su patria desconocida: «Oh reyes, eternamente vivos, ¿por qué mi ros­tro no habría de entristecerse, si la ciu­dad que fue casa de los sepulcros de mis padres está desierta y si sus puertas han sido quemadas por el fuego?».

Nehemías salió en 445 a. C. con privilegios oficiales de Artajerjes, cartas para los sátrapas y un secreto divino. Y en la noche visitó las ruinas de Jerusalén y el muro cubierto de maleza donde dormía la gloria de Dios: «Los magistrados ignoraban adonde ha­bía ido y qué estaba haciendo». Ese hom­bre, laico, de sangre plebeya, que desde una provincia persa habla a la posteri­dad en primera persona, refiere las cosas con sencillez de corazón, súbitamente in­voca a su Dios, y vuelve al relato, está dotado de una fuerza heroica y posee fuer­za y virtud por todo un pueblo.

Su secre­to no buscaba palabras, sino que se re­velaba encarnándose: en cincuenta y dos días de trabajo colectivo, entre las ame­nazas de los pueblos vecinos y las insidias de los falsos profetas, Jerusalén tuvo mu­rallas: «trabajaban con una mano, y con la otra sostenían la espada». El espíritu de Nehemías se dilataba violentamente: la ciudad fue repoblada, se reconstruyeron las familias, y los diezmos volvieron al Tem­plo y el pueblo volvió de nuevo a la li­turgia. La santidad de la resurrección se manifestó en el furor de los enemigos; un muro de piedra contra los samaritanos y un muro de leyes santas contra el pecado.

En medio, el pueblo escuchaba la lectura del Pentateuco (v.) de Moisés (v.); por siete días resonaron los preceptos olvida­dos, como un remordimiento continuo, y luego el pueblo hizo su promesa al Señor. Nehemías fue el primero en firmar. Fue un nuevo principio: «Yo hice subir sobre los muros a los príncipes de Judá, y for­mé dos grandes coros que cantaban ala­banzas. El primero se dirigió hacia la de­recha… el segundo… caminaba hacia la parte opuesta». El joven Esdras, sacerdote y doctor, guiaba el primero; Nehemías iba con el otro. En el Templo, ante la faz de Dios, se encontraron, como se encuentran el pasado y el futuro. El copero de Artajerjes había trabajado doce años; Esdras continuaría, cincuenta años más tarde, de­fendiendo la doble muralla. Luego Nehemías regresó a Susa, pero en 424 su anhelo le hizo volver a Jerusalén.

Los levitas ha­bían huido, el pueblo languidecía entre usu­reros y los extranjeros comerciaban en el Templo. Y, en el momento de salir de la Historia, le vemos en un acto profético, derribando las mesas de los banqueros que profanaban la Casa de Dios: «Aquello me pareció muy mal. Arrojé los muebles fue­ra de la estancia; por orden mía las es­tancias fueron purificadas y yo volví a llevar a ellas los vasos, el sacrificio y el incienso». Su historia se convierte en pro­fecía mesiánica, en la que él se transfigura y desaparece, humilde entre los símbolos, con un ruego humano: «Acuérdate de mí, oh Dios mío, para mi bien. Así sea».

P. De Benedetti