Neidanov

Protagonista de la novela Tierras vírgenes (v.) del escritor ruso Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818- 1883).

Otro personaje de la novela, Paklin, por cuyos labios habla el autor, define a Neidanov como «un Hamlet ruso, un ro­mántico del realismo»: « ¡Oh Hamlet, prín­cipe de Dinamarca! ¿Cómo hacerlo para no imitarte en todo, incluso en tu vergon­zosa afición a atormentarte a ti mismo?» Nejdanov es la última encarnación del tipo de Hamlet (v.) en la obra de Turguenev, a quien el personaje shakespeariano ofre­ció más de una vez rasgos para sus héroes, dejando a un lado el estudio que escribió sobre Hamlet y Don Quijote. El carácter de Neidanov, según procedimiento frecuen­te en Turguenev, es puesto de relieve por contraste con el de Solomin.

Neidanov «era terriblemente nervioso, terriblemente am­bicioso, impresionable y aun caprichoso; la falsa postura en que se hallaba desde su infancia, por cuanto era hijo natural de un noble, había desarrollado en él un carácter susceptible e irritable, pero su innata generosidad le había preservado de convertirse en suspicaz y desconfiado». So­lomin, por el contrario, es un hombre tran­quilo, sano, equilibrado, entregado a una actividad que exige unos nervios sólidos. Pero precisamente porque es un hombre del porvenir, carece de la consistencia del pre­sente y su figura resulta genérica y algo artificiosa; Neidanov tiene su raíz en el drama actual de la transición entre dos épocas, y vive ese drama hasta quedar en­vuelto por él.

Con todo, la duda de Nejda­nov es muy distinta de la de Hamlet, de cuya universalidad carece: no es función de un ideal de moral absoluta, sino más bien de un ambicioso sueño de personali­dad. Neidanov lleva en sí dos mundos: el de la antigua Rusia aristocrática y feudal y el revolucionario que tiende hacia el pue­blo: el primero está ya agotado, el segundo todavía no es real, y uno y otro son inca­paces, precisamente por ello, de permitirle aquella ambiciosa afirmación de sí mismo a la que tanto aspira.

La generosidad con que sacrifica el primer mundo al segundo, y a veces el segundo al primero, es para él una necesidad desesperada: en realidad vive siempre entre los dos y gracias a la presencia de ambos dentro de él; es esen­cialmente aquel «hombre superfluo», aquel indeciso, que la crítica y la sociedad de su época condenaban, obstinándose en con­siderarle ya pasado de moda, sin ver que permanecería como el más típico y vivo representante de la época.

E. Lo Gatto