[Nabû-kudurri-uşur, o sea Nabú guarda las fronteras]. Nombre de dos reyes «de Asiría», dice la Biblia (v.), aunque en realidad fueron de Caldea.
Del primero, que sólo figura en el libro de Judit (v.), la Escritura apenas habla, limitándose a indicar que reinó en Mesopotamia, como todos sus semejantes, rodeado de terror más que de amor en la época en que Israel había empeñado su combate decisivo contra sus temibles vecinos de Oriente. La Biblia nos refiere el episodio de una súbita derrota de ese príncipe orgulloso, derrota providencial, debida al heroísmo de una mujer: la bella Judit (v.), que cortó la cabeza al general Holofernes (v.) y trasmitió el nombre del rey Nabucodonosor a la posteridad bíblica, aunque la historicidad del acontecimiento no pueda ser demostrada con certeza.
En cambio, los libros sagrados hablan mucho más extensamente de Nabucodonosor II. El primer Libro de los Reyes (v. Reyes), los dos de las Crónicas o Paralipómenos (v.), los dos de Esdras (v.), Ester (v.), Jeremías (v.), Baruc (v.), Ezequiel (v.) y Daniel (v.) citan su nombre, siempre con el mismo horror. Verdugo enviado por la potencia soberana de Dios para castigar al pueblo infiel a su ley, le vemos lanzarse al asalto de Jerusalén, penetrar en sus sagrados muros y arrojar a los caminos del exilio a los míseros supervivientes del gran desastre. ¿Pero acaso no está escrito que todo cuanto hay en la tierra está en las manos del Señor, y que los más poderosos reyes de aquí abajo son como briznas de paja cuando sopla el Espíritu? Escucha las advertencias de los profetas, ¡oh Nabucodonosor! ¡Mira cómo el joven Daniel (v.) se yergue ante ti, como testimonio de Aquel que quebrantará tu fuerza! El inspirado de Israel te explica el sueño que te acongojó: la estatua con cabeza de oro, brazos de plata, muslos de bronce, tobillos de hierro y pies de arcilla, que has visto caer con inmenso estrépito, representa tu propio Imperio condenado a su próxima destrucción.
En vano intentarás reducir al silencio estas voces, y arrojarás a Daniel a los leones, que se tenderán amansados a sus pies; en vano querrás quemar vivos a sus amigos, que saldrán cantando del horno ardiente: el verdadero Dios, el Dios de Israel, te hará pedazos, luego que se haya cumplido la hora de dura penitencia que confió a tu cólera. Durante más de siete años se te verá, víctima de un misterioso mal, pacer la hierba como las bestias. Y tu propio hijo Baltasar (v.) contemplará aterrorizado la aparición de la mano vengadora, que en las paredes de la sala del banquete escribirá las palabras proféticas de la catástrofe: «Mane, Thecel, Phares»: «contado, pesado, dividido». Nabucodonosor, orgullo del poder, pajuela en las manos de Dios…
H. Daniel-Rops

