[Na’ āmān]. El capítulo V del segundo Libro de los Reyes (v. Reyes) habla de un oficial de Damasco, Naamán, «grande ante su rey, y honorable, porque el Señor había dado por su mediación libertad a Siria; era poderoso y valiente, pero estaba enfermo de lepra».
Esta enfermedad casi sagrada es como una embajada del Dios de Israel al extranjero pagano. Naamán tiene por esclava a una muchacha hebrea, que le habla de un profeta Eliseo (v.), residente en Samaría. Y él va al encuentro del hombre que puede curarle, con cartas regias, pompa de corte sobre su blancura de leproso, y confianza en el hombre extraordinario. No tenía fe en el Dios de Eliseo porque no lo conocía: ignoraba el espíritu. El profeta pareció demasiado humilde a sus ojos sin cielo, y Naamán se sintió humillado por la orden de lavarse siete veces en el Jordán: «¿Acaso el Abana y el Pharpar, ríos de Damasco, no son mejores que todas las aguas de Israel?».
Pero se bañó, porque si no esperaba por fe, vacilaba por superstición, «y su carne quedó limpia como la carne de un niño». Pero el Jordán es el rio de más íntimos milagros; es el río del bautismo que limpia el alma y la hace pura e infantil: «Ahora sé que en toda la tierra no hay más Dios que el de Israel». Y Naamán se volvió con dos sacos de aquella tierra contemplada por Dios, para hacer con ella un altar en su país, consagrado a orar al Señor como lo hacían los israelitas: no se circuncidó, porque ¿qué signo podía mostrar su fe mejor que su carne de niño? Sólo pidió al profeta que le permitiera acompañar a su rey al templo de los dioses y guiarle el brazo; y lo que no era lícito a un hebreo, él lo obtuvo, porque su pensamiento estaba fijo en la tierra del Jordán y un solo milagro bastaba para alimentarle en la ciudad pagana.
P. De Benedetti

