Mowgli

Es el «cachorro de hombre» que centra el primero y segundo Libro de la jungla (v.) de Rudyard Kipling (1865- 1936). Literalmente, en lengua india su nombre significa «renacuajo».

Un renacuajo que, perdido en medio de la jungla y cria­do por la Madre Loba, no tarda en poder contemplar valientemente cara a cara a la sanguinaria tigresa a la que más tarde dará muerte, en pelearse con la pantera negra y en contestar orgullosamente a sus hermanos de la jungla: «¿Acaso tengo que daros cuenta de lo que me plazca hacer?». En él, pues, en el hijo del hombre, resi­den las razones del espíritu que se impo­nen a la fuerza bruta en la gigantesca so­ciedad animal.

Pero esas razones — cándi­das y refinadas, primitivas y astutas—, a través de aquella especie de puro loco oriental que es Mowgli, se nos aparecen al­ternativamente exaltadas o convertidas en objeto de piadosa ironía. En Mowgli halla­mos el estupor y a la vez la conciencia de Adán: destinado a mandar como «ungido por el Señor», se destierra de su verdadero reino para andar en busca de un mundo de obediencia. Y proyectado por casualidad a un clima misterioso por definición, ese Tarzán anticipado quiere a toda costa salir al paso de «aquellos seres misteriosos que se llaman hombres».

En los labios del «ino­cente», lo simiesco y lo heroico parecen guardar ecos de la selva, y su llanto («no son más que lágrimas, como sucede a los hombres») se nos aparece, entre los susu­rros, los murmullos y los gritos nocturnos de la selva, como un elemento de superior armonía humana.

E. Gara