Personaje que pertenece a la leyenda de Los infantes de Lara (v.) y que aparece como protagonista de numerosos romances y dramas que van desde Lope de Vega hasta Hartzenbusch.
Del mismo modo que Bellido Dolfos (v.) es, en el Romancero (v.), el prototipo del traidor, Mudarra es el vengador por antonomasia. Su existencia es en función de ese cometido: vengar el vil asesinato de los Infantes de Lara (v.), caídos en la emboscada que contra ellos urdieron Ruy Velázquez y doña Lambra (v.). Nacido en las cárceles de «Alanzor», de Gonzalo Gustios y de una esclava mora, Mudarra crece alimentando su alma y su cuerpo en la tragedia familiar. En su cerebro no caben otros afectos ni otros pensamientos, y apenas su brazo puede sostener el peso de una espada, el mozo parte a cumplir con su deber.
Al mismo tiempo, como atado por invisibles hilos, Rodrigo, el traidor, recorre la meseta castellana en busca de Mudarra, para poner fin a la terrible amenaza que éste representa contra su vida. El poeta hace encontrarse y reposar juntos a la sombra de un árbol a ambos caballeros, cansados de andar buscando a su enemigo. Rodrigo, insolente y soberbio, pregunta al otro quién es y adónde va, y él por su parte declara su nombre, su estirpe y el objeto de su viaje. El vengador, en el colmo de la alegría, contesta: «Si a ti te llaman Rodrigo, / aún Rodrigo de Lara, / a mí me llaman Mudarra, / hijo de la renegada. / Por hermanos me los tuve / los siete infantes de Lara; / tú los vendiste, traidor, / en el Valle de Arabana».
El orgullo de Mudarra — orgullo de su humilde nacimiento por parte de madre y orgullo de no ser más que Mudarra por culpa del hombre que tiene enfrente — ayuda al vengador en el combate. Rodrigo muere, y Mudarra regresa a su casa. Las almas de los siete Infantes de Lara le acompañan, mientras cabalga, con sus voces de gratitud. Porque las almas de los guerreros medievales, como las de los dioses germánicos, sólo se calman cuando han sido vengadas y la sangre ha respuesto a la llamada de la sangre.
F. Díaz-Plaja

