Mireya

[Mirèio]. Protagonista del poe­ma de su nombre (v.), de Frédéric Mistral (1830-1914). Su suave feminidad, en la que la inocencia y el candor se allan a un co­razón sensible y ardiente, encarna el alma de Provenza y la dulce y poderosa musi­calidad de esa región.

El poeta parece haber fijado el símbolo de su tierra cálida de sol y de pasión en esa modesta muchacha arrobada en su puro sueño de amor. Pero el valor universal no perjudica la indivi­dualidad de la criatura, en la que vibra una vida instintiva y vigorosa, que las otras heroínas de los felibres desconocen. Viva, humana y palpitante, Mireya nada tiene de descolorida ni de petrificada: la misma fe, conciliándose con los impulsos de su corazón, es serena alegría de vivir y de amar, y, si lo divino parece espar­cir sobre la muerte unos toques de luz, es lo humano lo que hasta el último mo­mento deja oír en Mireya su voz estre­mecida. Expresión genuina de la juventud, Mireya tiene de ésta toda la lozanía, el ardor y las esperanzas.

Y la tierra de Pro- venza, que parece haberle infundido algo de la melancolía de sus bosques y del fer­vor de sus campos soleados, sirve de fondo, en las distintas gamas de su paisaje en una sinfonía admirable de colores y sonidos, a su original belleza y a su tierna y patética aventura. En ella triunfa la vi­da plena y sana: habla y canta con sus compañeras, y en sus palabras y en su canto se percibe una íntima resonancia que es únicamente suya. Cuando confunde su voz con la de las segadoras que cantan «oh, Magali, ma tant amado», la canción parece significar el sentimiento que surge en toda su autenticidad del corazón soña­dor y encantado de la enamorada Mireya. La luz y el amor que de ella emanan se difunden por todas las cosas, evocando la atmósfera del idilio juvenil, en el paisaje coincidente de sus sueños y de sus sus­piros.

Empieza con el presentimiento del amor, como una ansia suspendida y una aérea felicidad; y aquella turgidez del al­ma, como de un capullo apenas abierto al sol naciente, aquel misterio de la primera juventud, es música inefable que canta en el corazón de Mireya. Cuando el presen­timiento del amor deja paso a la certi­dumbre, todo parece danzar de gozo inde­cible, en el rápido tránsito de la ingenui­dad del afecto a la pasión avasalladora pero siempre tierna y pura, que desde la beatífica región del sueño la llevará a cho­car con la realidad dolorosa. Y las breves horas de su ensueño, en una naturaleza ora misteriosa a la luz vespertina, ora resplan­deciente bajo el sol de mediodía, infun­den a la belleza de Mireya una vida fres­ca y pujante, aunque velada por un pudor y una reserva que no hacen sino aumentar su hechizo.

Luego, el ardor contenido y el pensativo fondo de su ser irrumpen ante el obstáculo que, precisamente de los padres a quienes tanto quiere, se opone a aquella pasión suya que es ahora toda su vida. Y la muerte que la acoge allá abajo, junto al santuario blanco, entre aquel mar y aquel cielo deslumbradores, es casi una ión; la sed que la mata parece el reflejo de su sed espiritual y de su anhelo de perfecta felicidad en la sublime pureza de su amor.

P. M. Godino