Protagonista de la novela El fauno de mármol (v.) del escritor americano Nathaniel Hawthorne (1804-1864). La Roma de un ochocentista turista americano que enmarca esa figura es la decoración de cartón para un simbólico drama ritual cuya escena no es ni Roma ni el siglo XIX, y cuyo asunto es «el oscuro laberinto de la mente». Miriam, joven pintora bella y misteriosa, es uno de los numerosos personajes simbólicos creados por Hawthorne (v. Pyncheon) que han nacido con sangre en las manos: víctimas e involuntarios agentes de una oscura maldición atávica. Su papel ritual la condena a trasmitir aquella maldición y a expiarla aceptando como propia la culpabilidad genérica de toda la humanidad, que para Hawthorne es la base de la identidad moral humana.
Desde las «profundidades» — temporales, psicológicas y legendarias — de las catacumbas romanas, la personificación de la maldición surge para imponerle la responsabilidad moral de un crimen que arrastra la culpa en la que están incursas miles de -generaciones humanas. Su belleza física, morena y majestuosa como la de Ester Prynne (v.) y acentuada por exóticas alhajas, es, como la de Ester, sólo una traducción a un léxico simbólico, derivado del mundo físico, de aquella morena y majestuosa belleza que Hawthorne asigna al espíritu consumido por una apasionada inteligencia moral. Sus no menos simbólicos orígenes, al igual que los de su amante Donatello (v.), se remontan al legendario pasado asiático de la civilización humana.
Tras la figura de Miriam como mujer, Hawthorne acumula los antecedentes legendarios: la hija de Herodías (v.), que pide la cabeza de Juan Bautista (v.); Judit (v.), que da muerte a Holofernes (v.); Cleopatra (v.)—«altiva, voluptuosa, apasionada, tierna, malvada y tremenda» —. Una única «triste fatalidad» — en la Letra escarlata (v.) se la llama «oscura necesidad» — exige que todas esas mujeres «hieran a través de su propio corazón» para que caiga sobre los hombres alguna «calamidad portadora de la venganza». Exige que Miriam ame al «fauno» inocente, Donatello, y sea amada por él; que le incite al asesinato: el asesinato de un ser que personifica la misma atormentada conciencia que ella tiene de la culpa humana, y que de este modo le transmita a él la maldición atávica y la inteligencia moral a través de cuya adquisición lo prehumano y lo infrahumano se transforman en humano, la inocencia se convierte en experiencia, Adán (v.) y Eva (v.) son expulsados del Paraíso, y el fauno se hace hombre.
Por consiguiente, Miriam no puede describirse y comprenderse como figura creada por una imaginación realista. Bajo su tenue vestidura escénica «es» meramente la sucesión de los movimientos de la mente humana cuando, atormentada por su conciencia de la culpa que heredó y que debe arrastrar, lucha en medio de «aquellas sombrías cavernas a las que todos los hombres deben bajar si quieren saber lo que late bajo la superficie y bajo los ilusorios placeres de la existencia».
S. Geist

