Miqueas

[Mīkhāh]. Uno de los profe­tas menores, autor del libro bíblico de su nombre (v.). Miqueas profetizó en tiempo de Isaías (v.) en el reino de Judá. Su voz oscila continuamente entre el júbilo de deslumbradoras verdades y la tiniebla del pecado y del llanto, con rápidos vuelos y silenciosas transiciones en las que las imá­genes surgen como las flores en un bosque.

Miqueas escucha al Señor que se lamenta sobre un país desierto, allanado por los pecados y empobrecido por los milenios: «Sión será arada como un campo y Jerusalén será como un montón de piedras y el monte del Templo como una selva altísima». Sobre ese paisaje inmóvil y ar­queológico descienden alternativamente los lamentos de Dios y del profeta, el dolor del cielo y él de la tierra: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he moles­tado? ¡Contéstame!» Es la invectiva del Viernes Santo que todavía hoy, en boca de los diáconos, nos habla de ciudades des­truidas y de santos asesinados.

El profeta tiembla por la indestructible realidad del pecado: «No queda ya ni un justo entre todos los hombres», y en el desierto su voz hace eco a la de Dios: «Por ello llo­raré y gemiré, y andaré desnudo y sin vestiduras y proferiré aullidos como los chacales y gemidos como los avestruces. Porque la plaga de Samaría es desespe­rada. ¿Acaso no tienes rey… que el dolor te desgarra como a una parturienta?». Y todos los muertos enterrados en la culpa gritan ante el misterio: «¿Acaso le daré mi primogénito como rescate de mi cri­men?». Es la intuición mesiánica, la milagrosa necesidad de un sacrificio humano y divino que riegue Judea con el perdón. Otros profetas anunciarán cuál ha de ser su tiempo; Miqueas indica el lugar: «Y tú, Bethlehem Efrata, aunque seas pequeña entre las gentes de Judá, de ti haré salir aquel que debe ser dominador en Israel, cuya generación data desde el principio, desde los días de la eternidad».

El centro de la redención ha sido precisado por el poeta de Dios: la eternidad nacerá en un lugar concreto. Prólogo de San Mateo (v. Evangelio de San Mateo) y prólogo de San Juan (v. Evangelio de San Juan), carne y Verbo en el mensaje de Miqueas. Mien­tras él contempla el reposo de las profe­cías, su voz se trasmuda como se trasmuda la tierra de Dios, y el júbilo de Isaías le ofrece las palabras: «transformarán sus es­padas en arados y sus lanzas en azadas». Es la paz: «Y cada uno se sentará bajo su parra y bajo su higuera». Los árboles pro­tegerán del sol a los santos y el perdón hará que Palestina florezca a los ojos de todos en los árboles y en las plantas, y el pecado no existirá más, ni siquiera en el recuerdo de Aquel que lo perdonaba, por­que Dios lo habrá destruido: «Arrojará todos nuestros pecados en la profundidad del mar».

P. De Benedetti