[Menippus]. Menipo, el alegre protagonista de los Diálogos de los muertos (v.) de Luciano de Samosata (s. II), es un empedernido filósofo que entra despreocupadamente en el más allá por cuanto en la vida no había tenido nada que perder.
Menipo ha seguido siendo la imagen popular de la decadencia griega; y aunque no la represente por entero, ya que en ella no faltan otros elementos, es sin duda la encarnación de su aspecto fundamental: en él las ilusiones del mito y de la historia se han desvanecido, la fantasía ha perdido las alas y las pasiones se han despojado a la vez de sus posibilidades dramáticas y de su fuerza creadora: sólo queda un cerebro, que razona con toda la sagacidad de una antiquísima tradición dialéctica y la previa decisión de renunciar a todo para evitar así toda posibilidad de derrota. Para él las riquezas de Creso, la belleza de Elena (v.) y la avidez de la naturaleza humana son únicamente las miserables contingencias entre las cuales se debate el hombre que no es ni sabio ni prudente; y los mismos terrores del Hades son cosa de poca monta para un espíritu acostumbrado a vivir sólo de pan.
Si esta actitud de renuncia estuviera iluminada por las luces de una verdad superior, Menipo sería un santo; pero en realidad, ha renunciado también a esa verdad, negándolo todo para asegurarse una descarnada serenidad sin deseos ni esperanzas, y su único goce son las ironías con que zahiere a quienes no tuvieron el valor o la vileza suficientes para llegar a tan total negación. Menipo es así una de las primeras encarnaciones, si no la primera, de aquel «espíritu de negación» que, más tarde, Goethe verá en Mefistófeles (v.); y, a semejanza de éste, Menipo es aparentemente un burgués risueño y bonachón, pero íntimamente un hombre mediocre y mezquino, que no desespera porque jamás tuvo la generosidad de esperar y que no puede desilusionarse porque careció siempre de toda fantasía.
U. Déttore

