Menón

[Mévtov]. Platón se complace haciendo aparecer a Sócrates (v.) descalzo y andrajoso en los salones de personas ri­cas como Calías, o contraponiéndole a so­fistas cargados de oro como Gorgias (v.), mientras Sócrates prodiga a manos llenas y completamente gratis su sabiduría, sin pe­dir jamás ni una sola dracma.

Esta antí­tesis está especialmente acentuada en el diálogo que lleva por título el nombre de Menón (v.), y en el que este riquísimo tesalio, tal vez un gran propietario rural‘ o quizás un industrial o un gran heredero, comparece frente al filósofo vagabundo, se­guido por un cortejo de servidores. Como Sócrates dice con admiración no exenta de ironía, Menón fue huésped del gran rey de Persia. Pero a ratos perdidos, ese «snob» también ha tomado lecciones, no gratuitas ni mucho menos, de Gorgias y cree poderse permitir levantar la voz a propósito de cualquier asunto. Sócrates se complace demostrándole que nada pode­mos saber acerca de nosotros mismos, pero que en todos nosotros, por lo mismo que tenemos una alma inmortal cuyas raíces se hunden en el tiempo anterior a nuestra vida, existe la posibilidad de recobrar aque­lla ciencia que yace en el fondo de nuestra memoria.

Y Sócrates llama a uno de los jóvenes esclavos que acompañan a Menón, un muchacho cualquiera anónimo y sin cultura, procedente de una familia y de un país ignorados — un muchacho que para un hombre pomposo como Menón vale me­nos que nada —, le interroga sobre pro­blemas de Geometría, y el esclavo, en vir­tud de la anamnesia, contesta atinadamente. Menón, pues, a pesar de todo su orgullo, no es más sabio que su esclavo. Ese diá­logo podría llamarse, por lo tanto, «Acerca de la igualdad de los hombres, gracias al te­soro del recuerdo, que todos poseen».