Personaje del Wallenstein (v.) de Friedrich Schiller (1759- 1803). Noble, de origen italiano, hijo del general Octavio, Max se ha criado en la escuela del propio Wallenstein (v.), de quien admira las virtudes militares, la poderosa personalidad y el dominador y victorioso hechizo, y a quien se siente ligado además por una devoción y un amor casi filiales, acrecentados por el dulcísimo amor que le inspira Tecla (v.), la hija de aquél.
Wallenstein, por su parte, mira a Max como a una criatura suya, aunque sueña en encontrar para su hija un consorte de sangre real: en el contacto con la juventud audaz y generosa de aquél, Wallenstein siente desvanecerse el peso de su dura realidad cotidiana. Pero Max se ve apartado de Wallenstein por lo más profundo de su carácter y por los acontecimientos que abruman al «condottiero». Max es todo idealismo, mientras Wallenstein, atormentado por su sueño ambicioso de poder que le habrá de llevar a combatir al emperador, es el realista que medita su temerario plan, pesa hombres y hechos, urde sus redes y busca en los astros las señales y premoniciones de su destino, desdeñando los valores ideales.
Por esta misma razón Max difiere de su padre Octavio, no menos realista que Wallenstein, que, traicionando la antigua amistad que le une con éste, se convierte en instrumento del emperador, para vigilar todos sus movimientos y prevenir su actuación subversiva. Max es el hombre que no siente más que un imperativo, el de su conciencia, y que no conoce más que los «caminos rectos»; por ello habrá de censurar a Wallenstein y a su propio, padre por haber seguido los «caminos tortuosos», en su afán de atenerse únicamente a la realidad, con la cual chocan, cuando más se hacen la ilusión de dominarla, provocando unos males que ahora quisieran — y quizás hubieran podido — evitar. Ante la revelación que su padre le hace de los verdaderos propósitos de Wallenstein, dispuesto a rebelarse y unirse al enemigo, Max, al principio, se muestra incrédulo; luego quisiera enfrentarse abiertamente con el propio Wallenstein, con la ilusión de poder retenerle todavía; y finalmente, al precipitarse los acontecimientos, y mientras Wallenstein, prevenido, desenmascarado por el emperador, se ve obligado a aceptar las condiciones que le atan a los suecos, se aparta de él con el corazón desgarrado, no para seguir a su padre y a los generales que, al cambiar la fortuna, se han unido contra su jefe, sino para arrojarse con sus coraceros a una desesperada carga contra los suecos, en la que habrá de encontrar la muerte.
Ni siquiera el amor de Tecla, unida a él, por encima de los torbellinos de la vida, en una misma fe ideal, logra retenerle. Y su muerte abate a Wallenstein, como si fuera el ocaso de su estrella, que no habrá de remontarse jamás. («Se perdió la flor de mi vida, / y fría e incolora se extiende ésta ante mis ojos. / Pues él estaba a mi lado / como mi propia juventud…»). En los dramas de la madurez de Schiller, la figura de Max es la que más recuerda a los héroes de sus dramas juveniles; pero incluso en su acentuada idealización, no carece de vida ni de poético vigor.
G. A. Alfero

