Mauricio Gómez Herrera

Protago­nista de la novela,, en forma autobiográ­fica, del escritor argentino Roberto J. Payró (1867-1928), Divertidas aventuras del nieto de Juan Mor eirá (v.).

La mayoría de los críticos pretenden situar a Gómez Herrera dentro de la larga serie de pícaros que ha ido creando la literatura de lengua cas­tellana, pero las notas caracterizadoras de este tipo de personaje (v. Pícaro) casi des­aparecen en él por su íntima relación con las circunstancias de espacio y tiempo en que le ha tocado vivir. Fundamentalmente lo aparta del pícaro y lo aproxima a un Julián Sorel (v.) la búsqueda afanosa del éxito, el deseo de triunfo, de que aquél carece. La voluntad de poder y la no­ción de su superioridad lo colocan al lado del héroe de Stendhal, pero la concepción del mundo y los métodos que emplea son los del pícaro; de ahí que recuerde tanto al Bel-Ami (v.) de Maupassant, situado también entre esos dos mundos y partici­pando a la vez de ambos.

El copista o edi­tor de esta especie de «memorias» confie­sa que el verdadero nombre del autor no era Gómez Herrera ni su patria la que aparece allí, pero el lector olvida por com­pleto esta advertencia, pues una de las características del protagonista es la segu­ridad puesta en todos sus actos: su per­sonalidad surge de entre las páginas del li­bro haciéndonos ver que lo que no es su propio yo no tiene ningún interés. El «yo» y lo «mío», persona y posesión, aparecen por doquier, inician las frases, las dominan: «Desde chicuelo era ‘yo’, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de los vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados pú­blicos de menor cuantía… ‘Mi’ capricho era ley para todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho».

Gómez He­rrera es un ser egoísta, sin escrúpulos — «lo que me interesa es el propio ‘yo’, y el resto debe supeditarse a esta entidad»—, al que sólo mueve una pasión, el deseo de triunfo; «eres audaz, valiente, flexible, despreocu­pado, amoral», le dice su amigo Vázquez. Para lograr sus deseos no retrocede ante ninguna barrera; engaña, traiciona, destro­za las vidas de los que le rodean, incluso la de su propio hijo: «Yo tenía, fatal­mente, que recorrer mi órbita, y tanto peor para los que encontraba en mi trayecto». En él no cabe la posibilidad de fracaso, pues dejaría de ser quien es, se destroza­ría; por eso, esencialmente realista, sólo desea y busca lo que puede lograr: «nunca querrás sino lo que esté al alcance de tu mano».

Mauricio podría ser un monstruo de maldad, pero Payró ha sabido humani­zar a su héroe, acercándolo a nosotros; una serie de notas, que casi podríamos llamar dignificadoras, lo convierten en un hombre más, poseedor de una poderosa individua­lidad. Una de ellas es la sinceridad que utiliza en el relato de su vida; lleno de cinismo no esconde ninguno de sus defec­tos, al contrario los exhibe con verdadero orgullo. La segunda es su concepción de la vida como una lucha cruel y continua en la que se siente en su elemento. La vida es para Gómez Herrera un combate en que todos los medios son lícitos, pero reconoce a sus enemigos el derecho a em­plear esos mismos medios.

Su pesimismo ante el hombre recuerda a Gracián: «Pa­rece que entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar o disminuir a los vi­vientes, que incomodan o pueden incomo­dar, y divinizar y eternizar a los muertos, incapaces ya de molestar a nadie». «El hom­bre es ‘necesariamente’ culpable para sus enemigos» y todos los hombres son para él posibles enemigos. La maldad ajena jus­tifica la suya. Y he aquí el máximo acier­to de Payró: el mal no está en Mauricio Gómez Herrera, ni en ningún otro indi­viduo aislado, sino en la estructura sobre la cual se alza la sociedad; no hay por tanto que destruir a Gómez Herrera, sino esa estructura. Él es un canalla, pero la maldad del mundo en que se halla inserto, un mundo que aparece siempre como un enemigo contra el que hay que luchar, lo justifica, como justificaba a su presunto abuelo el gaucho alzado, verdadero bandole­ro, Juan Mor eirá (v.).

La enajenación, la se­paración entre el hombre y las cosas, ha lle­gado al máximo; éstas son vistas por Gómez Herrera no ya como ajenas, sino como enemi­gas. Su hijo adivinará mucho del mundo y la persona de Gómez Herrera en el artículo es­crito contra él y que da título al libro; para él, Gómez Herrera es un mal nacional, nieto de Juan Moreira, «es la síntesis de la respetable generación que nos gobierna; y media sociedad, si se viera en el es­pejo, se diría, cuando pasa: ‘Yo soy ése’»; su hijo ve el problema, pero la solución queda en un apagado reformismo — «es so­nada la hora de acabar con el gauchismo y el compadraje, de no rendir culto a esos fantasmas del pasado, de respetar la cul­tura en sus mejores formas y de preferir el mérito modesto al exitismo a todo tran­ce» — vencido fácilmente por la villanía del padre.

S. Beser