Maugis

[Malagigi]. Es un personaje alegre y simpático que ilumina con su sonrisa todo el Ciclo carolingio (v.). Sus características son la habilidad mágica y la de ladrón — de donde su apodo «larron»: cuando aparece en Los cuatro hijos de Aimón (v.), acaba de regresar de Orleans, donde ha robado un tesoro a Carlomagno (v.) —; sin embargo, ambas se hallan fu­sionadas en él en una bondad irónica y aguda que constituye el fundamento de su carácter.

Buen amigo de sus primos, par­ticularmente de Rinaldo (v.), recurre a la mentira sin escrúpulos, casi por diver­sión, y se sirve, sobre todo, de sus artes mágicas y médicas para resolver los mo­mentos más difíciles. Le hallamos en el Morgante (v.) de Pulci, en el Orlando ena­morado (v.) de Boyardo y en el Orlando furioso (v.) de Ariosto. Es también pro­tagonista de algunas novelas episódicas vin­culadas a su nombre: Maugis d’Aigremont —dedicada a su muerte — y otras por el estilo. Hábil transformador de sí mismo y de los demás, aparece bizco, cojo y ves­tido de peregrino, e infunde a todas esas escenas una teatral comicidad.

Bajo este aspecto se revela personaje de carácter po­pular, verdadero eslabón que enlaza el pro­digio y la burla, y muy próximo a quien podría considerarse su hermano menor y burgués: Juan Schicchi. Posee, además, una gran familiaridad con los demonios: diríase que su natural ingenio llega a veces a establecer la paz entre el hombre y sus eternos enemigos; su aspecto es más bien el de un hábil prestidigitador que el de un nigromante; en sus manos, la ma­gia es un juego más que un portento. Se trata, en fin, de un espíritu independiente y capaz de bastarse a sí mismo; no gusta de alardear de sus propias aventuras y se contenta con desempeñar, en el ciclo, un papel secundario. Sin embargo, cuando es­ta alegre figurilla aparece en escena, es ca­paz de hacer sombra aun a los mayores pa­ladines, precisamente a causa del contras­te entre su tranquila desenvoltura y el mundo heroico y la tenacidad con que aquéllos hacen frente a la vida.

En ello reside quizá su más verdadera y profunda magia: en él podremos ver al representante de un espíritu goliardesco que vive y deja vivir, situado adrede en un mundo en el que todos asumen muy seriamente su papel. Y, así, sus juegos de encantamiento pa­recen simbolizar toda la magia de una pos­tura generosamente irreflexiva que sabe apreciar la vida sin estorbar a los hom­bres y los ideales.

C. Cremonesi