Marta y María

Personajes de la no­vela así titulada (v.), de Armando Palacio Valdés (1853-1938). Es obvio el paralelis­mo bíblico intentado por el autor.

Sin embargo, la María que el escritor astu­riano sitúa en nuestra época es una seño­rita de la buena sociedad provinciana nor­teña que recibe su formación religiosa a través de la literatura hagiográfica. Cuan­do niña, su imaginación se había visto fuertemente impresionada por la lectura de los libros de caballería. Luego, cuando se aficiona a las vidas de santos, su espí­ritu va exaltándose hasta llevarla a la en­trega total al Señor y a las obras de caridad.

En un crescendo cuyas etapas son la separación cada vez más profunda de su propio prometido, el repudio de las comodidades familiares y la mortificación corporal que llega hasta las disciplinas y el cilicio, María se verá llevada a formar par­te de una conspiración carlista, con lo cual traslada su amor y ^su odio al plano de la política, en la que el bien se hallará representado por los defensores de la reli­gión, y el mal por el gobierno liberal. Así, pues, María es una mística activa y sensible, en la que puede admirarse únicamente la frialdad con que su pasión va alejándola de los seres más amados, lleván­dola a actuar más como catequista que como hija, cual lo manifiesta uno de los mejores fragmentos de la novela, la es­cena de la muerte de su madre.

Marta, por el contrario, es una figura típica. Su bíblica antecedente se lamentaba; ella, en cambio, admira a su hermana, pero no la sigue en sus transportes. Feliz con su oscuro papel, es el alma oculta de la casa, y lleva en sí un amor — en parte escondido y en parte visible — hacia el prometido de su hermana, que, al final, va a serlo suyo. Su carácter humano la hace menos inte­resante en sí misma, pero, en realidad, más viva.

F. Díaz-Plaja