Marta y María

Son las dos hermanas, mencionadas en los Evangelios de San Lucas (X; 38) y San Juan (XI-XII), que acogieron a Jesús en aquella casa de Betania que fue, para el Redentor, uno de los más gratos refugios de la amistad, discreta morada que no revela su intimidad hasta poco antes de que en la historia evangélica se produzca, con el torbellino de los últimos acontecimientos, la catástrofe, cual si tratara de confortar el ánimo del lector para sostenerle en las crudas vicisitudes que van a seguir.

El episodio del indirecto y gracioso contraste entre Marta y María, absorbida aquélla totalmente por los preparativos materiales destinados al mejor acogimiento del hués­ped, y la otra, al contrario, completamente abstraída en las divinas palabras de éste, posee, en efecto, una cándida sencillez en­cantadora. En realidad, la oposición entre ambas hermanas es, sobre todo, un sagaz artificio de moralizadores hermeneutas. Pen­sándolo bien, su sereno litigio revela más bien la identidad de sus gustos y deseos.

En efecto, es evidente que Marta solicita la ayuda de María sólo porque también qui­siera, como ella, estar gozando de la pre­sencia y de la conversación de Jesús: si María le echara una mano, pronto iba a encontrarse todo dispuesto, ‘y, juntas, po­drían disfrutar mejor aún de la compañía de su huésped. Y ello es una verdad in­discutible, aunque los caracteres de ambas hermanas se manifiesten acusadamente dis­tintos en otras circunstancias. María es la dulce, tímida y casi turbada contemplativa cuyo amor y cuya fe rehúyen valerse del perturbador rumor de la palabra: más que por sus labios, su devoción habla por sus profundos ojos siempre algo humedecidos por el grande y dulce llanto que un día desahogará a los pies de su divino Amante durante el banquete del fariseo; a lo más, sólo dirá, como en su éxtasis ante el Re­sucitado, una palabra, su nombre: «¡Rabboni, Maestro mío!».

Marta, en cambio, ani­mosa y audaz, concreta y práctica, enar­decida también en la misma fe y encendida por un idéntico ardor amoroso, necesita tra­ducir en ferviente acción su ímpetu inte­rior y aplacar su dulcemente espasmódica inquietud en una actividad externa que manifieste su devoción. Jesús lo sabe, y sus enseñanzas y su advertencia, aunque no eluden del todo a Marta, van dirigidas a los lejanos discípulos, quienes no deben ig­norar que sólo una cosa es necesaria: el amor; y que todo lo demás no constituye sino un brillante pero, en el fondo, fútil oropel.

C. Falconi