Manfredo

[Manfredi]. Una inaccesible montaña constituye el fondo del episo­dio de Manfredo (Divina Comedia, «Purga­torio», c. III); rodéala una gran soledad. El sol, que se levanta del mar, llamea. Aparece una muchedumbre «de almas», y aumenta la sensación de silencio. Esos espíritus se mueven despacio, con la mansedumbre de las ovejas.

Luego se yergue la figura de un paladín desdichado y cuenta una historia dramática; el tono fundamental va elevándose, pero no cambia; el protagonista es noble y se mantiene sereno, y el drama queda envuelto en un ambiente de elegía. Con intensa naturalidad, Dante prepara el retrato de Manfredo, y luego lo aísla bajo una luz de gracia, belleza y valor. Man­fredo : «Procura recordar si me viste allí alguna vez»; Dante: «Volvíme hacia él y le miré fijamente». Todo anuncia una noble historia. Manfredo, hijo natural de Fede­rico II, reinó en Apulia y Sicilia de 1250 a 1266, excepto durante un pequeño intervalo; Carlos de Anjou, llamado por Clemente IV, dirigióse a Italia y le derrotó en Benevento, donde el joven rey halló la muerte.

El poeta, en su descripción cimentada en la historia, reúne en Manfredo todas las cua­lidades que puedan hacer atrayente a un caballero: la belleza, el donaire, la muerte en combate y en la flor de la vida, el arrepentimiento sobre el campo de batalla y la sepultura en un lugar no sagrado. Hay, en la versión de Dante, el eco del pesar que se elevó en torno a la muerte de Manfredo y el halo de leyenda que ro­deó a su persona y su vida… Manfredo ruega a Dante que vaya a la tierra y cuen­te la verdadera historia de su muerte. He­rido de gravedad, cayó en la batalla de Benevento; arrepentido, se entregó confia­do a la bondad de Aquel que perdona de buen grado. Su cadáver fue enterrado a la entrada del puente del Calor, cerca de Be­nevento, bajo un montón de piedras y en tierra no sagrada, por cuanto había muerto excomulgado.

Pero, como el lugar de la sepultura era dominio eclesiástico, el papa Clemente IV ordenó al obispo de Cosenza que exhumara el cadáver y lo llevara fuera de los confines del reino, junto al río Verde, lo cual fue realizado «con los cirios apagados», según era costumbre para los excomulgados. El pastor de Cosenza no pensó en que Dios tiene dos semblantes: castigo y perdón. Ningún acento polémico o partidista da acritud a cuanto dice Manfredo. Acompaña a tal ecuanimidad una dig­nidad regia que es la nota distintiva de esta alma respecto de las otras del Pur­gatorio. Su hablar se halla reprimido, al mismo tiempo, por las circunstancias del lugar donde se halla y de su porte prin­cipesco.

La perífrasis con que se refiere a su arrepentimiento en el instante de la muerte (119-120), se reviste de una cristia­na y severa dulzura; la expresión del per­dón divino (122-123) es de una regia ma­jestuosidad; la discreción con que explica la animosidad del pontífice contra su ca­dáver (124-126) es, a la vez, cristiana y aristocrática; la melancolía elegiaca que pone en la descripción de su entierro y su tumba (130-132), y la conclusión de este conflicto (133-135), se hallan presididas por un señorial hábito de dominio de los sen­timientos propios. La palabra más dura de Manfredo es para sus pecados: «horribles», expresión acentuada por las circunstancias.

El lenguaje mismo del episodio revela la educación y la vida regias de Manfredo. El centro piadoso de toda la escena es la triste descripción de su entierro y exhu­mación. Manfredo encierra en sí mismo el carácter melancólico de las almas del Purgatorio, pero no se puede dudar tam­poco de que alguna de sus notas se debe al tono general de los primeros cantos y a la desolación del paisaje.

P. Baldelli