[Manfred]. Protagonista del drama así denominado (v.), de George Gordon Byron (1788-1824). Es el último de los héroes de este autor que derivan de la novela «negra» (v. Lara, Conrad, Giaur y Schedoni).
En él, la concepción del «bandido noble», tan grata a los primeros románticos (v. Carlos Moor, de Schiller), va profundizándose en una moderna individualidad, con lo cual se supera a sí misma; la rígida e intensa figura de cera se anima con una vida real. Manfredo no tiene ya su campo de acción entre las fuerzas materiales, sino que es un atleta del alma; de los acontecimientos externos se pasa, ahora, a la experiencia interior. Posee rasgos comunes con Fausto (v.), aun cuando también le separan de él ciertas divergencias.
Ambos son sabios, ocultistas y magos, pero Fausto es un optimista, tiene una infinita sed de saber, y es capaz de una gigantesca evolución desde el hervor de los verdes años hasta la clarividencia de la ancianidad. Manfredo es un pesimista, maduro hasta la caducidad, y situado más allá de todo lo humano; no tiene futuro, sino sólo pasado, y todo su drama no es más que un último acto. El ímpetu de Fausto reside en su insaciable afán de conocer; el de Manfredo en su aspiración a olvidar.
Como ocurre con Giaur, pesa sobre su conciencia la muerte de la amada; ambos quieren, apasionadamente, asumir toda la culpa; sin embargo, en Manfredo las circunstancias de la pérdida de la amada son refinadas y misteriosas, así como intencionadamente se deja también envuelto en el misterio el episodio real subordinado a la situación Manfredo-Astarté: la relación de Byron con su hermanastra Augusta. Lo que dice Manfredo de Astarté («¡La amaba, y la destruí!») y lo que Byron quería poder decir de Augusta será la divisa de los héroes fatales de la literatura romántica.
Éstos siembran a su alrededor la maldición que pesa sobre su destino; cual el simún, arrollan a quien tiene la desgracia de toparse con ellos (comparación referida a la primera escena del acto III del drama); se destrozan a sí mismos y destruyen a las desgraciadas mujeres que caen bajo su órbita. Su relación con la amada es la de un demonio íncubo hacia su víctima. De esta suerte, Byron da la fórmula extrema del tipo de hombre fatal descrito por Schiller en Los bandidos (v.) y por Chateaubriand en René o Los efectos de la pasión (v.).
M. Praz

