Manasés

[Měnašsěh]. Hijo de Ezequías (v.), fue rey de Judá en la época de los monarcas asirios Senaquerib (v.), Asaradón y Asurbanipal, de 689 a 641 a. de C. Sobre su frente, la Biblia (v. Reyes, II) es­cribió la clásica sentencia que tantas veces, puesta sobre la turhba de los reyes hebreos, constituye el epitafio de un condenado: «Obró el mal ante la faz del Señor».

La conducta de Manasés fue la peor de todas, y su reinado representó el polo negativo del de David. Lleno de admiración por el es­plendor asirio, prefirió el fulgor de los dioses falsos a las tinieblas vacías y sagra­das del Santo de los Santos del Templo: al frente de un pueblo pecador, «adoró toda la milicia celestial», los astros y las leyendas, construyó altares a los ídolos en el Templo, e introdujo, en el lugar donde el Pontífice adoraba al Uno en la mayor pureza, la prostitución sacra de Babilonia.

La inobservancia de los preceptos divinos acarreó la de las leyes humanas naturales: en el valle de Hinnom, cerca de Jerusalén, Manasés ofreció su hijo a las broncíneas fauces candentes de Moloch (v.), el ídolo fenicio que los padres alimentaban con niños. Encontráronse entonces frente a fren­te el abismo del pecado y la cumbre de la santidad: Manasés e Isaías (v.). Aquél dió muerte al profeta de su padre: según la leyenda, lo aserró, y con él mató a los fieles de Dios: «Y aun vertió Manasés infinita sangre inocente, hasta el punto de sumergir a Jerusalén en ella hasta la boca». De este horrible censo le arrancó por la fuerza el cautiverio babilónico: lejos de las alturas idolátricas, de los eunucos y de la patria, y desilusionado de Asiría, empezó a temer.

Miedo, dolor y remordimiento; en­tonces acordóse del Señor, y compuso aque­lla oración que los textos apócrifos nos han transmitido: «Oh Señor de los justos, tú no has instituido la penitencia para ellos, Abraham, Isaac y Jacob, que no pecaron, sino que la has dispuesto para mí, pecador, porque mis culpas son todavía más nume­rosas que las arenas del mar… yo no soy digno de levantar mis ojos hacia la su­blimidad del cielo… Pero ahora mi cora­zón se arrodilla e implora tu piedad…». Dios le escuchó; le hizo volver a su pa­tria y le conservó la vida y el reino: los mártires no podían ya resucitar, el escán­dalo rebasaba todos los diques, y la exe­cración lanzábase contra los siglos. No le quedaba ya sino restituir a Dios lo que era suyo y salvar su propia alma «de los abismos de la tierra».

P. De Benedetti