Maese Don Gesualdo

[Mastro don Gesualdo]. Protagonista de la novela de su mismo nombre (v.) de Giovanni Verga (1840-1922). La originalidad de este per­sonaje estriba no en la complejidad y en la variedad de cuanto le acontece, sino en su propia «intimidad»; en su «carácter» que le lleva a unas soluciones y a un destino muy particulares.

De peón caminero a con­tratista de obras y rico propietario de tie­rras, árbitro casi de la situación económica de su país — bestia de carga, sin reposo de la mañana a la noche, bajo el sol abra­sador y las tormentas; en medio de las hostilidades, las envidias y las insidias del mundo que le circunda en el mezquino am­biente de un centro provinciano de Sici­lia—, la historia de Mastro don Gesualdo es la de un hombre que lucha no sólo para la conquista y el disfrute de la riqueza, sino para la defensa de lo que para él es toda su vida. Mastro don Gesualdo va de victoria en victoria en la lucha contra los demás hombres, para prepararse a la de­rrota definitiva en la lucha contra el des­tino. Él es el vencido por excelencia.

Ven­cido en la familia, porque sus primeros enemigos son sus familiares: padre, her­mana, hermanos, cuñado, sobrinos que vi­ven a sus expensas. Vencido en la «buena sociedad», formada por nobles más o me­nos arruinados e intrigantes, que por ven­garse de su poderío trata de explotarlo, pero le niega el derecho de ciudadanía. Ven­cido en el amor cuando se encuentra ca­sado con una criatura asustada, enferma, sumisa, sin afecto y ternura, más muerta que viva. Vencido en la paternidad, pues en lugar de un hijo que heredara su for­tuna conquistada a duro precio le nace una hija que lleva en las venas instintos de otra raza.

Vencido finalmente en su resis­tencia física y moral, muere solo y deses­perado. Mastro don Gesualdo no ha tenido todavía — a pesar de su gran importancia — la popularidad de otros personajes más modestos creados por Verga. Su grandeza está hecha de simplicidad, más aún, de humildad. Su voluntad, su fuerza, su in­agotable energía de trabajo y de creación, son elementales como su inflexible ley mo­ral y su ruda pero desconfiada bondad. En la lucha contra los hombres y el des­tino suele proferir una violenta impreca­ción popular y sacrílega, que al final apa­rece como un suspiro y un desahogo.

Este trágico destino, Mastro don Gesualdo no lo proyecta fuera de sí en actos de rebeldía que lo aproximarían a los héroes de la tragedia griega; no lo convierte en mor­bosos problemas de conciencia como los personajes de las novelas rusas. Lo sufre dentro de sí y siente su amargura sin echar mano de la energía que lo ha con­vertido en un hombre rico y poderoso. Mastro don Gesualdo adquiere una insos­pechada grandeza cuando, por amor a su hija, renuncia a su propio nombre, del que ella se avergüenza entre sus compañe­ras de colegio. Hay en él también una poesía que nace del contacto del hombre con la tierra, que prodiga sus dones a quien se hace digno -de ellos con su es­forzado trabajo.