Personajes de una famosa leyenda que dio asunto a uno de los primeros cantares’-de gesta españoles (v. Infantes de Lara), del cual pasaron al Romancero (v.) y luego al teatro, en las diversas refundiciones que se escalonan desde Juan de la Cueva y Lope de Vega hasta Hartzenbusch.
Los infantes de Lara son siete, número especialmente predilecto de la literatura narrativa mundial, ya se trate de los Siete Durmientes, de los Siete Macabeos (v.), de los Siete Sabios, de los Siete Niños de Écija, o de los Siete enanos del bosque. Son siete españoles medievales y, por lo tanto, siete hombres valerosos. Si el primero es campeón en arrojar la lanza y el segundo sabe conversar, el tercero es un caballero sin tacha, el cuarto un amigo perfecto, el quinto ama la verdad, el sexto es el preferido de las mujeres y finalmente el séptimo, el menor, Gonzalo González, es el que da origen a la tragedia, por su afán de mantener en alto el nombre de la familia. Los infantes de Lara — o de Salas — son castellanos bajados a Andalucía.
Su tío se ha casado con doña Lambra (v.), la cual proclama que en el tiro del venablo contra un tablado, los de Lara no valen nada frente a los de Calatrava. Por amor propio y orgullo familiar, Gonzalo González recoge el reto, vence y públicamente declara la superioridad de los Lara. Con ello firma la sentencia de muerte para sí y para sus hermanos, pues doña Lambra se retira ofendida y ante sus lamentos, Rodrigo de Lara prepara la traición, una emboscada de moros, en la que los siete infantes habrán de hallar la muerte.
Los infantes de Lara son un personaje colectivo, un héroe solo tan enérgico como seguro, tan generoso como altanero, un único personaje dividido en siete figuras. Juntos van por los caminos de Castilla, juntos juegan, y cuando llega la hora suprema combaten hombro a hombro hasta la última gota de su sangre, juntos los siete, sin que pueda decirse cuál de ellos ha sido más valeroso. Pero estos siete muertos continuarán viviendo en el poema, literariamente resucitados por el llanto de su padre, Gonzalo Gustios, que en la cárcel de Córdoba, ante las siete cabezas cortadas, hace el elogio fúnebre de cada uno.
Este dolor junto con el amor de una esclava mora producirán el nuevo tipo humano de Mudarra (v.) que se encargará de vengar a los siete infantes y de restablecer, como se ha escrito, la justicia poética que en la antigua leyenda había quedado suspendida.
F. Díaz-Plaja

