Lisistrata

Principal personaje de la comedia de este nombre (v.), de Aristófanes (450-385 a. de C.), es una mujer ateniense, despreocupada, em­prendedora, enérgica y viril, que respon­de a su ampuloso nombre, el cual significa nada menos que «la que. disgrega los ejér­citos».

Ha descubierto el único medio de que disponen las mujeres para poner fin a la guerra que desgarraba desde muchos años atrás toda la Hélade; consiste éste en que todas las mujeres, puestas mutuamen­te de acuerdo, se nieguen a satisfacer la pasión de sus esposos o amantes en tanto los hombres no depongan las armas. El dra­ma empieza con la exposición de este plan a las mujeres llegadas de todos los terri­torios helénicos, las cuales arden de entu­siasmo al enterarse de que el objeto de su reunión internacional es la consecución de la paz; sin embargo, cuando Lisistrata les explica el único medio para alcanzarla, retíranse inmediatamente las más apasiona­das, que se hallan dispuestas a aceptarlo todo menos una renuncia voluntaria al amor.

Entonces, Lisistrata se impone con dura resolución, y las mujeres ceden. Nace con ello una heroica lucha por la castidad forzada y la abstinencia, y un desafío de resistencia con los hombres, de la cual Li­sistrata es la cómica heroína. Ésta, en me­dio de los dos grupos de exaltados que manifiestan brutalmente sus deseos eróticos, dirige, aconseja y orienta las negociaciones con divertida seriedad. Las expresiones de trágica entonación que Aristófanes pone en su boca, junto con una jerga amorosa llena de franco realismo, hacen destacar un con­traste grotesco, sobre el que se fundamen­ta, asimismo, toda la comicidad de la ac­ción.

Los hombres, belicosos y arrogantes, indignados al principio por la insolencia mujeril, luego, mientras Lisistrata dicta las condiciones de paz, interrumpen sus pala­bras con ávidas apreciaciones acerca de pormenores del carácter más íntimo y se unen en un solo deseo: apresurarse a ha­blar, por cuanto se hallan ya todos de acuerdo. A través de la dinámica sucesión de las escenas cómicas, Lisistrata nunca se deja coger desprevenida: su estrategia, más dura que la de los hombres, vence a éstos; con femenina astucia, enseña a las mujeres la manera de tentar a sus maridos, al objeto de encender todavía más su pa­sión, y cómo negarles los goces del amor aun en el caso de no poderse substraer a aquéllos. Éstos son los motivos cómicos más finos.

Hay que tener en cuenta que la co­media, y con ella la figura de Lisistrata, se halla apoyada en un abundante uso de ex­presiones lúbricas y de juegos de palabras que, aun cuando hoy parecerían indecentes, no lo son en realidad. Hay, efectivamente, en estos recursos cómicos, un carácter sin­gularmente sano y un sentido naturalista jamás ofuscados por la menor malicia ni el más mínimo vicio propios de la porno­grafía. Se trata sólo de una clara y diver­tida exaltación de la poderosa fuerza del instinto sexual humano.

El personaje de Li­sistrata no es, por lo tanto, estático, sino que va desarrollándose a medida que avan­za el mismo drama, y se enriquece con los más variados motivos. Sin embargo, su co­micidad no fluye siempre límpida de su representación; a menudo, se resiente de in­tenciones demostrativas, especialmente en las conversaciones con el próbulo, cuando muestra cómo debe hacerse la paz; su sen­satez doméstica tiene algo de programático que la convierte no ya en cómica heroína de la abstinencia, sino en sabia adalid de la pacificación. Se trata de una de las figu­ras más originales de la literatura de todas las épocas, y, aun cuando lejana a nuestra sensibilidad, viva y simpática.

P. Pucci