Ligia

Es la joven cristiana protagonista de la novela Quo vadis? (v.), del polaco Henryk Sienkiewicz (1846-1916). En el vasto marco de la Roma de Nerón, entre el esplendor de las fiestas imperiales y la vida oscura de los cristianos en las catacumbas, y en medio de tantos personajes históricos, su figura aparece apenas esbozada, aun cuando su fresca ingenuidad y su pureza ideal la hacen inolvidable.

Bella como la aurora e hija de reyes de noble estirpe, Ligia ha sido llevada a Roma como rehén y acogida en la casa de Aulo Plaucio y Pomponia Grecina. Allí la ve un joven tri­buno, Vinicio, que se enamora de ella. Tam­bién Ligia le ama, pero es cristiana: a las palabras de Vinicio dibuja sobre la arena del jardín el símbolo de su religión, el pez, y huye. Todas las pruebas que van a seguir se hallan relacionadas con la fe de la muchacha: arrebatada de la casa de Aulo para ser entregada a Vinicio, es salvada por Ursus, su fiel esclavo, y los cristianos, que la esconden. De nuevo, el joven in­tenta raptarla, pero es herido y debe per­manecer en la casa donde halló refugio Ligia, que le socorre y, en las velas junto al lecho, olvida todos los dolores de que Vinicio ha sido causa para ella y los su­yos; no se trata, precisamente, del perdón cristiano, sino de la renovación del antiguo amor, ahora todavía más profundo después de tantas vicisitudes.

El corazón «puro cual una lágrima» que la joven ofrecía todos los días a Cristo se halla ahora lleno de pa­sión. La lucha entre ésta y la fe es breve: Ligia huye. Sólo cuando Vinicio habrá abierto los ojos a la luz divina, y luego que los mismos Apóstoles le habrán ha­blado de la santidad del amor y Pedro les haya bendecido, se abandonará aquélla a la alegría de su sentimiento, aun cuando por poco tiempo, dado que la está ya aguar­dando la prueba suprema. Tigelino, movido por su odio hacia Petronio y Vinicio, la hace encerrar en la cárcel Mamertina para que sea llevada al martirio. En aquellos terribles instantes, durante los cuales am­bos patricios intentan cuanto humanamente es posible para salvarla, la figura de Ligia se mantiene en la oscuridad; volveremos a verla en el circo desmayada y atada a los cuernos del búfalo furioso, al que Ursus (v.) dará muerte.

Cuando vuelve en sí en casa de Vinicio cree ser ya feliz más allá de la vida; pero, en realidad, se trata de la dicha terrena, que llega, finalmente, para ella y el joven. Durante los turbios aconte­cimientos acaecidos en Roma a fines del imperio de Nerón y a la muerte de éste, ambos se retiran a la lejana finca de Sicilia, unidos para siempre. Este amor contraria­do por la fe pudo haber hecho de Ligia una hermana de otras muchachas puras, prota­gonistas de novelas cristianas, como Cimodocea, de Los mártires (v.) de Chateau­briand.

Pero, en realidad, tiene aquélla una personalidad inconfundible, dado que ningún pensamiento o acto suyos se halla jamás desprovisto de una exquisita femi­neidad: nada hay en ella que no brote de una profunda vida interior, a pesar de lo cual aparece siempre sencilla y humana, tanto en el amor como en el dolor. En la novela, su figura se contrapone a la de Eunice, la bellísima esclava amada por Petronio. La pasión de ésta, profunda y conmovedora en su entrega total, carece de luz; el amor de Ligia, en cambio, es tan elevado que supera aun la muerte, por cuanto se trata de un amor cristiano, con­fortado por la divina esperanza de una unión que perdurará más allá de la vida.

M. B. Begey