Es la mujer amada y odiada por Catulo, presente en toda su obra, poética (v. Poesías de Catulo); su nombre oculta, posiblemente, la realidad histórica de una tal Clodia, hermana del tribuno P. Clodio, enemigo de Cicerón.
Lo que esta mujer fuera, nos lo dice, más que toda certeza histórica, el nombre que le dio su ilustre amante: Lesbia, de Lesbos. El lector moderno vislumbra en él un presagio de fondos baudelairianos, así como el antiguo la isla de Safo (v.), donde fluía un gran don poético de los amores más extraños y de la carnalidad contra natura de los tiasotas. El amor de Catulo es desnudo, y ello de una manera única y profunda; los yambos azotan por todas partes la figura de Lesbia, pálidamente blanca y regia sobre el fondo negro y rojo de los callejones romanos.
Allí permanece ella y arrastra a su poeta, cual en el umbral de un país infernal que se nos muestra, entre los resplandores de las antorchas y de la poesía, como horrible rostro del águila romana; los mismos nombres — César, Mamurra, Cicerón — vuelven y se agitan en una romanidad ásperamente distinta, cual si todos los mármoles se hubieran convertido en noche.
No podemos hallarnos más lejos del amor cortés, petrarquiano ni aun sencillamente «pétreo». Sobre aquella geografía va desenvolviéndose la historia amorosa de Lesbia, desde el primer juego de besos, cual una nevada de ellos, hasta la miniatura del gorrión, «cuando mi ardiente deseo / gusta de hacer algún juego amable», y las alternativas aproximaciones y separaciones de una danza lujuriosa: la mujer desciende entre una estela de hombres deformes y mutilados, y Catulo la sigue, reacio: «Odio y amo; acaso me preguntes por qué. / Lo ignoro, pero siento que es así, y la pena me desgarra».
Pero el poeta sentirá aumentar su repugnancia, y se detendrá a la entrada de aquellas tabernas. Y Catulo dirige a su amada, «a quien amaba no como el vulgo a una amante, / sino como un padre a sus hijos», una expresión llena de amargura: «Ahora te he conocido». Se ha desvanecido la sáfica muchacha, «consumida» sobre aquel «umbral» donde una vez había aparecido «la diosa cándida» pisándolo con «el fúlgido pie de sutil calzado». Desde las profundidades de un frío leopardiano, Catulo contempla su último retrato y saluda en ella la pérdida de sí mismo: «Decid pocas palabras a mi amada, / pocas y no buenas: / que viva y huelgue con sus trescientos / amantes a todos los cuales tiene abrazados juntamente / sin amar a ninguno/y rompiéndoles a todos los ijares: / y no miréis ya mi amor como antes, / que por su -culpa cayó como una flor / junto al borde del prado, / arrancada por el arado / que sigue su camino».
P. De Benedetti

