Leporello

Personaje de Don Juan (v.), de Wolfgang A. Mozart (1756-1791), y una de las diversas encarnaciones del criado del protagonista (v.) en la larga serie de dra­mas que toman por base la figura de este aventurero; es evidentísimo su parentesco con el Catalinón de Tirso de Molina — en El burlador de Sevilla (v.) —, el Passarino de Giacinto Andrea Cicognini, y, más es­trechamente todavía, con el Sganarelle (v.) de Molière.

Como ocurre con el personaje de su célebre dueño, también el del criado se ha manifestado de muchas maneras en la fantasía de los artistas, aun cuando con nombres siempre distintos; pero, al contra­rio del primero, ha conservado con mejor constancia algunas de sus características fundamentales junto al esquema de las acti­tudes. En el caso que nos ocupa, aparece, con el nombre de Leporello, bajo rasgos más rápidos y genéricos, por cuanto se trata de un libreto de ópera en el que, necesariamente, las palabras presuponen — para que sea posible desvelar su signi­ficación humana — los timbres y matices de la música. Sin embargo, hecha esta reser­va, el Leporello de Lorenzo Da Ponte (1744- 1838) es bastante menos superficial y oca­sional de lo que podría creerse.

En él des­tacan sus «duettos» con don Juan, en los que ambos personajes poseen una misma in­tensidad psicológica, aun cuando en direc­ciones opuestas: el criado es cauto, temeroso y gruñón; el otro, audaz, y está lleno de fantasía y cinismo. Se trata, en el fondo, de una idea platónica del sirviente, pronto a adelantar y a retirar súbitamente sus tentativas de rebelión, venal, y tan astuto como le es necesario para poder colaborar en las hazañas de su amo; y si a menudo se muestra descontento de las fechorías en las que participa, ello más bien se debe al temor que a instintos morales. Basta, qui­zá, leer el libreto del principio hasta el fin: el episodio inicial en que se lamenta: « ¡Tener que soportar lluvia y viento, / que comer mal y no dormir! / Deseo ha­cerme gentilhombre / y no quiero servir jamás»; o aquel en que, tras la catástrofe, expresa indirecta pero claramente su filo­sofía: «…voy a la hostería / en busca de un dueño mejor». Encerrado en este es­quema, empero, Leporello corre el riesgo de verse reducido a las características de un cinismo muy mezquino y nada simpático, lo cual supondría, en realidad, un juicio imperfecto.

Hay algo, sin embargo, que impide catalogarle entre las figuras «anti­páticas»: un elemento que escapa constantemente de su inmoralidad y le rehabilita. Se trata, al parecer, de su cauta inteli­gencia, reflejo de un carácter que es común a todos los «criados» de la literatura ita­liana, con Chichibio a la cabeza. Nos refe­rimos a una inteligencia que, aun cuando no lleva a ninguna solución ni se traduce en ningún rasgo destacado, le induce, no obstante, a adornar los incidentes con una divertida ironía, inconsciente venganza del subordinado respecto del más fuerte. Re­cordemos, a este objeto, la lista que da de las conquistas de don Juan: «En Italia seis­cientas cuarenta, doscientas treinta y una en alemania, ciento en Francia y en Tur­quía noventa y una; en España, empero, son ya mil tres». Da Ponte, literato muy mediocre, mostróse acertado en estos cua­tro versos, que dan a su Leporello el sen­tido de la vivacidad y de una cierta cor­dura desahogada en ironía.

F. Giannessi