León Roch

Protagonista de la novela La familia de León Roch, de Benito Pérez Galdós (1843-1920). Como en el Daniel Mor ton de Gloria (v.), el autor presenta en este personaje todas las ideas progresivas por él mismo plenamente compartidas.

No se puede, por lo tanto, decir que Pérez Gal­dós sea imparcial y objetivo en la descrip­ción de la lucha entre las fuerzas antiguas (tradición, oscurantismo, etc.) y las mo­dernas (tolerancia y liberalismo); y así, deja caer sobre estas últimas el peso de todas sus preferencias. León Roch es de apuesta figura., elegante, honorable, caba­lleroso y amante de la familia. Su modes­tia llega incluso a rechazar un título nobi­liario que su padre pretendiera hacerle dar como remate de la educación y del afecto de que le había hecho objeto desde su nacimiento.

Es ateo, pero está lleno de tolerancia y de respeto para la fe de los demás, sin el menor espíritu de proselitismo. A un hombre de tantas cualidades opo­ne el autor la familia de María, su esposa, que representa la España tradicional y establece profundas divisiones en nombre de principios religiosos que son la negación de todo espíritu de fe: un anciano y libidi­noso marqués, una madre frívola y no desdeñosa de pasajeras aventuras; el hijo mayor, jugador y ocioso; el segundo, cauto y calculador, y el pequeño, santo con una santidad dura e implacable como la de un ángel del Antiguo Testamento, y que, con su violencia, hace todavía más profundo el surco existente entre León Roch y su es­posa.

Le bastan a ésta el ejemplo y las palabras del hermano moribundo para que sus ya frías relaciones de católica fervien­te con un ateo al que la une el vínculo del matrimonio pasen a ser glaciales. Su sobreexcitada conciencia será la causa no sólo de la disolución de los lazos que toda­vía la unían al esposo, sino aun de la de ella misma, que caerá consumida por la lucha entre lo que juzga ser su deber y el amor a su marido. León Roch, por lo tan­to, se ve obligado — debido a una fatal concatenación de problemas — a sufrir cul­pas ajenas. De un lado, una esposa cuya fe va alejándola de él cada vez más, y, por otra parte, el ejemplo desastroso de su familia.

Quería hacer de aquélla un ser a su imagen y semejanza y se encuentra, en cambio, con una mujer dura y fanática; deseaba tener hijos y su matrimonio ha resultado estéril. Tampoco le basta el amor de otra mujer, Pepa Fúcar, pronta a entre­gársele, a pesar de estar casada: León se ve retenido, ya sea por su conciencia, ya por su incertidumbre íntima y el insopor­table hastío de la otra, y, con su indecisión, acaba por perder la fe en todo. Los elogios que el autor prodiga al personaje a través de toda la obra no son capaces de darle la felicidad ni de ocultar un desastre, fren­te al cúmulo de adversidades que le agobia.

F. Díaz-Plaja