Leonora

[Lenore]. De la larga y fa­mosa balada de este nombre (v.), escrita por G. A. Bürger (1747-1794), despréndese fácilmente la descripción de una figura femenina que, si bien no siempre revela nuevos e inusitados rasgos, aparece tan ne­tamente destacada que, en adelante, 110 se olvida ya con facilidad, y, singularmente en la literatura alemana, desde el Roman­ticismo (v.) al Naturalismo (v.), puede afirmarse que, en efecto, no fue olvidada jamás de una manera total.

Vuelven de la guerra los soldados, pero falta, entre és­tos, el prometido de Lenore o Eleonora, cual la rebautizó Berchet sin más ni más al traducir por primera vez al italiano la famosa balada del poeta alemán en la Carta semiseria de Crisòstomo (v.). La muchacha va buscando entre los que regresan, y, al ver que entre ellos no se halla su Guiller­mo, prorrumpe en imprecaciones contra los designios de la Providencia: «Dios no tie­ne misericordia»; y cuando su madre trata de consolarla, y hasta de insinuar la sos­pecha de que el enamorado lejano la haya abandonado y traicionado, le responde aira­damente: « ¿Qué es la felicidad? Y ¿qué, oh madre, el Infierno? / Estar con él es la felicidad, / y sin Guillermo el Infierno».

Blasfema, la pobrecita, y no debe extra­ñarnos que su suerte acabe luego siendo trágica. Su personalidad se pone aquí de manifiesto más bien en sus lamentos, en el desorden de su «cabellera de cuervo» («Rabenhaar»), en su modo de arrojarse al sue­lo y en la firme refutación de las objecio­nes de su madre que no en sus verdaderas y propias vicisitudes. Cuando luego, du­rante la noche, llega a caballo el prometido, ahora ya no esperado, y no quiere darse ni un solo momento de reposo en los bra­zos de la amada, por cuanto, antes de po­der alcanzar el tálamo nupcial, le aguardan «cien millas» de viaje, Leonora, ingenua­mente, no duda ni un momento: salta de repente a la grupa del caballo junto a su Guillermo y se abandona, así, a su suerte.

Y he ahí que entonces empieza a mani­festarse ante la fantasía la imagen de la cabalgata espectral; las estrofas insinúan ya, con su ritmo acelerado, el trágico fin: el lecho nupcial es la fosa donde el pro­metido se encuentra sepultado; una vez so­bre la tumba, van cayendo a pedazos los vestidos del misterioso caballero, del que sólo queda, como testigo, el esqueleto. Leo­nora, que, aun cuando con el corazón tem­bloroso, no ha vacilado ni un instante, siente que le falta el aliento. Parece no haber comprendido nada todavía, ni aun cuando el caballero le ha dicho, con un eufemismo: «Nosotros y los muertos cabal­gamos impetuosamente».

El coro de los espíritus, que en macabro cortejo sigue a los esposos de la muerte, ha de gritarle la verdad: «Con Dios no debe disputarse: / Has sido desvinculada del cuerpo. ¡Dios se apiade de tu alma!» Parece como si e] poeta hubiese querido dar una «moral» a la fantástica balada; en realidad, empero, su atención empleóse, más que en ello, en la imagen de la muchacha que no se re­signa a su destino y que, idealmente, per­manece fiel al amado hasta la muerte. Todo el Romanticismo — en el teatro, desde Kleist hasta Hebbel, casi, y Hauptmann — hizo suya esta imagen, y dio al motivo de Leo­nora todos los matices.

Decía Dostoievski que los narradores rusos procedían todos, más o menos, de El abrigo (v.), de Gogol. Asimismo, ¡cuántas heroínas románticas no han tenido por pariente lejana a la Lenore de Bürger! Y, si bien el motivo inicial no era ya desconocido en las antiguas baladas nórdicas, también es cierto que una vigorosa y clara representación confirió a esta mu­chacha unos rasgos propios e indelebles.

R. Paoli