Leila

Protagonista de la novela de este nombre (v.), de Antonio Fogazzaro (1842- 1911). Desconcertante criatura, tanto más seductora cuanto más enigmática, es una contradicción viviente: fiel al recuerdo de su novio muerto, arde, no obstante, en la espera de un nuevo amor; el deber la hace afecta al padre de aquél, que la ha adop­tado como hija y la rodea de cuidados, pero, interiormente, se rebela por orgullo.

Cuando le es presentado Máximo Alberti, amigo del difunto prometido, se halla ya en guardia contra el amor que pueda ins­pirarle, herida por la sospecha de que el encuentro haya sido dispuesto por su pa­dre adoptivo y de que su mano pueda ser pedida, interesadamente, por un cazador de dotes. Una vez ha reconocido su error, se atrinchera tras el sentimiento de la propia indignidad, lo cual equivale igualmente, si bien se mira, a un acto de orgullo frente a la eventualidad de una negativa; hasta que, persuadida del sufrimiento confesado por Máximo, corre hacia él, en un impulso de instintiva exaltación.

Leila pertenece a la estirpe de la Marina (v.) de Malombra (v.) y de Jeanne Dessalle (v.); como estas dos heroínas de Fogazzaro, se halla domi­nada por la sensualidad y las resistencias internas, lo cual da lugar a un amor ca­prichoso e insolente. Sin embargo, la pa­sión sensual es, en Leila, menos consciente y se transforma en actitudes románticas, como la de sembrar de flores su propia cama para embriagarse con su perfume, o bien su intento de suicidio, arrojándose a un arroyo bajo la caricia de la luz lunar.

Fogazzaro tomó este carácter de la rea­lidad, inspirado primeramente en una so­brina suya y, luego, en una señorita sui­za, protestante, por él convertida al cato­licismo (Inés Blanck). Al fantasma de Leila, todavía incierto, está dedicada su poesía lírica «A un fantasma», y, al nombre de aquélla, otra («Leila»), que, sin embargo, carece de toda relación con la novela así denominada.

P. Nardi