Lazarillo de Tormes

Protagonista de la novela picaresca de este nombre (v.) y prototipo del «mozo de muchos amos» que tantas réplicas iba a tener en la lite­ratura española.

Nacido en un molino junto al río Tormes de un molinero ladrón y una mujer de vida irregular, a los ocho años es entregado por su madre, que había quedado viuda, a un astuto pordiosero ciego que le utiliza como guía (de donde el nombre de «lazarillo» que se da a los acompañantes de los ciegos). De esta suerte, el muchacho se halla súbitamente enfrentado a los pro­blemas de la vida, por cuanto su amo es un egoísta que apenas le da más que la comida precisa para no perecer de hambre, y, en cambio, le explica lecciones y ejem­plos de astucia y de malicia que el sagaz Lazarillo no tardará en aprovechar amplia­mente en perjuicio de su mismo maestro.

Con su segundo dueño, un clérigo todavía más avaro que el ciego, vese obligado a echar mano de estratagemas, hurtos y ma­las artes para no quedarse totalmente en ayunas. Sin embargo, cuando ingresa al ser­vicio de un escudero, uno de aquellos hi­dalgos arruinados convertidos a causa de su vanidad en tema del humor europeo, al comprender que aquél no le da de comer porque él tampoco sabe con qué hacerlo, movido por cierto desprendimiento, cual si, de manera refleja, experimentara en sus vísceras la sobriedad a que el otro debía de estar ya acostumbrado, le hace partícipe de la miserable colación mendigada por las calles de la ciudad. «Ése, decía yo, es pobre, y nadie da lo que no tiene, mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clé­rigo, que con dárselo Dios a ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre; aquéllos es justo desamar, y aquéste es de haber man­cilla».

Aparece ya, por lo tanto, una evolu­ción de instintos hacia sentimientos huma­nos normales: la generosidad y la conmi­seración se hallan ya en las mismas raíces de la caridad. Luego que, tras haber ser­vido a muchos otros dueños, consigue re­unir algún dinero, empieza a asearse, y, alcanzado de esta suerte el aspecto de un hombre de bien, llega a obtener el lucra­tivo cargo de pregonero público. El arci­preste de San Salvador le hace casar con su criada, y, a partir de entonces, conoce el bienestar. Las malas lenguas le toman a chacota. «Quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará — le dice el arcipreste—; digo esto, porque no me ma­ravillaría que alguno murmurase, viendo entrar en mi casa a tu mujer y salir de ella; ella entra muy a tu honra y suya, y esto te lo prometo».

Y Lázaro se preocu­pa sólo de lo suyo y le cree. Cuando al­guien trata de hablar del tema, le cierra la boca: «Si sois mi amigo, no me digáis cosa que pudiera afligirme»; y, por otra parte, jura que su mujer «es tan buena mujer como viva dentro de las puertas de Toledo; y quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él». ¿Es ello cinismo? No, toda vez que éste presupone una corrupción y una caída, y en este caso nos hallamos, en cambio, ante un esfuerzo constructivo y una elevación. Desde una existencia tor­va, precaria y delictiva, Lázaro ha logrado situarse, como él mismo dice, entre los buenos; y debe defender a todo trance, so pena de hundirse de nuevo en el abismo, esta posición a la que tan fatigosamente se ha agarrado.

No es que se le escape el sentido del desprestigio ocasionado a su personalidad de hombre por la afrenta a su honor de marido, sino que, más bien, se trata de una sensación atenuada, opaca y con ecos sordos en su corazón y su espíritu, llenos todavía del recuerdo y el temor de exigencias más fuertes. No hay, en él con­ciencia, ni indiferencia, ni menosprecio o ironía de su propia abyección, cual lo exigiría el cinismo; Lázaro no es más que una criatura primitiva, y, como tal, se encuentra más acá, y no más allá del bien y del mal. Es el hombre que lleva desnudo su espíritu sin avergonzarse, cual sucedió, en épocas pretéritas, con el cuerpo. Por este motivo habla de sus propias miserias con franqueza e ingenua naturalidad, dado que todo pudor no es más que una conquista his­tóricamente secundaria del género humano.

F. Carlesi