El relato de su resurrección es una de las escenas más famosas del Evangelio (v., San Juan, XI), y una de las que con mayor intensidad alentaron la fantasía de las primeras generaciones cristianas.
Según una leyenda antiquísima, efectivamente, Lázaro, tras la muerte de Jesús, había embarcado junto con sus hermanas Marta y María (v.) en una nave sin remos, velas ni timón, y luego abordado, milagrosamente, las costas de Pro- venza, donde hubo de acabar sus días como obispo de Marsella. Caries Riba (1893-1959), en uno de los tres poemas que forman su Esbós de tres oratoris [bosquejo de tres oratorios], nos da una versión poética del personaje, recogiendo en parte esa tradición provenzal.
La pintura ha representado diversamente el momento de la vuelta a la vida del misterioso amigo de Jesús, desde Giotto, con su depurado y alucinante primitivismo, hasta Rembrandt, que, en un grabado que se conserva en la Biblioteca Nacional de París, le hace salir del lóbrego sepulcro a la plena luz en una actitud propia del estilo de Miguel Ángel. Y ¿cómo no recordar la lectura del episodio evangélico que en Crimen y castigo (v.), de Dostoievski, hace Sonia (v.), la casta ramera, a su amante Raskolnikov (v.), con el fin de atraerle a la fe? Lázaro, el amigo que Jesús tenía en Betania, estaba enfermo desde hacía algún tiempo.
A pesar de haber sido advertido de su agravación, Jesús no había querido apresurarse a ir junto a su lecho, y, así, llegó a la aldea cuando aquél hacía ya cuatro días que había sido sepultado. Acogidos los discretos lamentos de sus hermanas, y después de haberles prodigado palabras de consuelo y esperanza, se dirige a la tumba, y, una vez ante ella, su emoción es tal que le hace conmoverse y llorar. Recobrada luego la serenidad, ordena retirar la piedra y, en medio del tenso silencio de todos los presentes, dirige su palabra al muerto con la autoridad de la Vida: «Lázaro, sal afuera»; y el difunto le obedece.
Hay en este episodio la simplicidad de lo sublime. El diálogo de Cristo con la muerte, frente a frente, parece aquí el más natural de los hechos, y la vuelta de Lázaro a la vida, el más espontáneo de éstos. Muy distinta va a ser, en cambio, la repetición de este encuentro sobre el madero de la Cruz el terrible Viernes Santo, entre el escandalizado estremecimiento de toda la naturaleza. El final, sin embargo, será el mismo. Y el exultante Resucitado podrá gritar a la derrotada enemiga: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde tu victoria?» Así, la humanidad sabe ya que su suerte es la de Lázaro: destino inmutable de resurrección e inmortalidad.
C. Falconi

