Lara

Protagonista del breve poema de su nombre (v.) de George Gordon (lord Byron, 1788-1824). En tres famosas estancias (canto 1. °, XVII-XXIX) se dibuja su perfil, en el que Byron quiere retratarse idealmente a sí mismo, según el tipo fatal ya anteriormente elaborado por Ann Radcliffe en Schedoni (v.): «En él aparecían, inexplicablemente reunidos, muchos rasgos amables y muchos odiosos, muchos atracti­vos y otros muchos temibles.

La opinión, aunque variara acerca de su arcana suerte, ya fuera para alabarle, ya para insultarle, no olvidaba jamás su nombre. Su silencio daba tema a las charlas de los demás… ¿Qué había sido? ¿Qué era ese hombre, tan desconocido, que se movía por su mis­mo mundo y de quien únicamente se com­prendía el lenguaje? ¿Un hombre que odia­ba a su raza? Sin embargo, había quienes decían que podía parecer alegre entre gen­te alegre, pero confesaban que su sonrisa, si se observaba a menudo y de cerca, per­día toda apariencia de contento y se mar­chitaba en una mueca de amargura… Nadie había visto reír sus ojos.

Pero en ellos ha­bía de vez en cuando una dulzura como la de un corazón naturalmente no duro; pero apenas se vislumbraba esa dulzura, su espíritu parecía reprimirla como una debi­lidad indigna de su orgullo… como si estu­viera vigilando un dolor que quisiera obli­gar a su alma a odiar por haber amado demasiado. Todas las cosas, en él, provocaban un resentido desdén». Lara es el hombre que, por haber soñado con exceso en el superhombre, por haber querido adue­ñarse de la felicidad, del bien, del mal y de todas las fuerzas de la vida, cae en un grandioso fracaso en el que todos los va­lores se confunden y se oponen y en el que domina una agitada multiplicidad de los sentimientos. «Demasiado sublime para un egoísmo vulgar, podía a veces renun­ciar a su bien en favor del de otro, no ya por compasión, ni porque lo creyera un deber, sino por una extraña perversión del pensamiento que le arrastraba en pos del secreto orgullo de llevar a cabo aquello que muy pocos o nadie hubieran hecho.

Y ese mismo impulso, cuando las circuns­tancias le tentaban, podía llevar a su alma hasta el crimen. Tales eran las alturas a que podía elevarse y tales los abismos a que podía descender, hasta hallarse por debajo de los hombres con los que se sen­tía condenado a vivir; tan grande era su anhelo de separarse, ya en el bien, ya en el mal, de todos cuantos compartían su mortal naturaleza». Y su hechizo se halla en su propia caída, en la riqueza de ele­mentos contrapuestos que encierra y que, aunque no lleguen a una conclusión, pa­recen justificarse humanamente por sí mismos.

«Nadie sabía cómo ni por qué, pero Lara se enroscaba por fuerza al espíritu de quien le escuchara; una vez aceptado, era imposible desprenderse de él, ya fuera para amarle, ya para odiarle; por reciente que fuese la fecha en que había nacido la amistad o la compasión o la aversión, se­guía creciendo sin cesar en lo más íntimo del pensamiento. No había modo de pe­netrar en su alma, pero asombraba ver có­mo había hallado el camino de la de los demás». Análogos rasgos caracterizan al Corsario (v. Conrado) y a Giaur (v.): este tipo de hombre fatal byroniano habrá de ser una de las normas del romanticismo europeo.

M. Praz