Lambert Strether

Protagonista de la novela Los embajadores (v.) del escritor americano Henry James (1843-1916). Bajo distintos nombres, aparece en todas las no­velas del autor, adquiriendo con el tiempo una intensidad cada vez mayor de sugestión moral e imaginativa.

En Los embajadores, Lambert Strether pone un brillante final al grandioso drama jamesiano del espíritu, cuyas heroínas son Isabel Archer (v.), Milly Theale (v.) y Maggie Verver (v.). En él este drama culmina moral y estéticamente, y con él uno de los motivos más obsesionantes de la literatura americana, entre cuyos distintos exponentes figuran Augusto Dupin (v.), Coverdale (v.), Ethan Brand (v.), Prufrock de T. S. Eliot y Philo Vanee (v.), alcanza la plenitud de la poesía. Strether es un caballero de 55 años, admi­rablemente inteligente, de bella presencia, erguido y esbelto, que dirige la «revista» con la que la pequeña ciudad de Woollett, en la provincia puritana de Massachussetts, paga a regañadientes su tributo a la cul­tura.

Esto, a su parecer, es todo cuanto Strether ha salvado del «naufragio de es­peranzas y ambiciones y del montón de escombros de sus desilusiones y fracasos». La muerte prematura de su esposa y de su hijo, dejándole solo en el mundo, ha trocado los que hubieran debido ser sus años de grande y vigorosa actividad en «un gris territorio semidesierto» donde no hay más que este­rilidad y pereza. Cuando logra salir de ese desierto, como desinteresado y desilusiona­do espectador de la vida ajena, su agudeza intelectual y sus extraordinarias capacidades de discriminación moral le hacen darse cuenta de cuán triste es haber perdido la ocasión, ya que no le queda evidentemente otra cosa que hacer que esperar con digna serenidad que la muerte confirme el fraca­so de su vida.

Woollett y su gran sacerdo­tisa, Mrs. Newsome, envían al maduro ca­ballero a Europa en calidad de «embajador» con la misión de salvar para América y para la Acción, arrancándolo de los abrazos de sirena de París, a su hijo predilecto, ausente desde hace largo tiempo. El agente de su Voluntad puritana, imperiosamente orientada hacia el bien, se halla de pronto desconcertado: en el «ocaso de su vida» se ve dominado por toda la fuerza de lo que perdió: riqueza, abundancia e ímpetu de la «profunda experiencia humana» de la que son capaces los evolucionados hombres y mujeres de aquel mundo tan profundamente civilizado que Strether descubre.

Sus dudas puritanas acerca de la legitimidad moral de tal experiencia (v. Jonathan y Oliver Alden), van desvaneciéndose a medida que su «gris interioridad» va siendo iluminada por el «sol de una región que no figura en su vieja geografía». Por primera vez des­cubre la posibilidad de las relaciones hu­manas, la comunicación de persona a per­sona, de espíritu a espíritu y de carne a carne, en el ambiente de una común tra­dición histórica y a través de un común lenguaje de formas, formalidades, maneras, convenciones y gestos, que son precisa­mente los «rasgos de la alta cultura», re­pudiados por Woollett.

Entonces aprende, no sin asombro, en el aire de París, que los seres humanos no tienen por qué ex­cusarse de haber nacido o de haber hecho de sí mismos algo de particular. Mas para él es demasiado tarde: «había algunas co­sas que si tenían que ocurrir, hubieran de­bido ocurrir a tiempo». Para el joven Chad Newsome, a quien Strether tiene el deber de salvar, la situación es distinta: él tiene su vida y la goza maravillosamente, gracias a la soberbia mujer que es su amante. El embajador, olvidando su misión, se con­vierte, por así decirlo, en el empresario de aquellas relaciones; un guardián cuyas úni­cas recompensas son el espectáculo que aquéllos ofrecen a su contemplación y una participación de delegado en sus vidas.

Y él, por su parte, empieza a vivir la única vida que es auténticamente suya — la vida del Espectador, cuya función consiste en ver y comprender — cuando, reconociendo que para él es demasiado tarde, se decide a llegar a un compromiso con la realidad de esa situación antes que intentar recoger las migajas del festín que perdió: he aquí, precisamente, el «elemento destructivo», fundiéndose e identificándose con el cual Strether adquiere la posesión de su propia alma. Aceptando el peso de sus propios problemas morales, el Espectador — simbó­licamente el «americano» por excelencia—- adquiere la monumental dignidad de un coro clásico. Pero Strether no poseerá completamente su alma mientras vea, compren­da y «conozca» algo que no alcance a ser el «todo».

Porque, mientras le quede algo por conocer, habrá algo con que no ha lo­grado pactar, algo en la realidad de su situación, que él no habrá aceptado. Por ello su específica obligación moral de Es­pectador es «conocerlo todo»; así cumple con la genérica obligación moral de todos los héroes y heroínas de James, de ser «magníficos»; y la «curiosidad» (que algu­nos obtusos lectores de James confunden con la gratuita avidez de un hurón) es el instrumento específico con que se cumplen aquellas obligaciones.

La presencia de Stre­ther proyecta sobre la situación de Chad y de su amante una sombra insoportable; el desinteresado «amor absoluto» (v. Per­la) que les prodiga requiere que aquélla se defina claramente, emergiendo de la ambigüedad, del equivoco y de la evasión y convirtiéndose realmente en aquello que virtualmente puede ser; requiere que cada uno de los interesados se enfrente con la desnuda verdad acerca de sí mismo y de los demás: inexorables e irreconciliables hechos de edad, nacimiento, tradición, na­cionalidad y carácter que obligan a ambos a someterse a las crueles y destructivas existencias de la vida orgánica que go­bierna la vida del alma humana.

Sobre Stre­ther, por lo mismo, recae la responsabilidad de todo cuanto aquellas relaciones puedan llegar a ser gracias a su intervención: la responsabilidad, ante todo, de su belleza; la responsabilidad, al final, de su desinte­gración y de su muerte. Esta su extinción es la poética interpretación que nos da James del punto de vista moral en que su obra se fundamenta: lo que vive, por bello que sea, debe morir; sin la necesidad de la muerte no puede haber vida; la prueba de que una cosa ha vivido es el hecho de que muera; el momento perfecto jamás puede prolongarse más allá del fin de su vida na­tural sin dejar de ser un momento en la historia de un organismo viviente — perso­na, sociedad o cultura — y convertirse en un huero, rígido y mecánico artificio.

Y la función del Espectador Strether, al igual que la función del artista, para James, es crear para los momentos perfectos y para la visión moral que implica su muerte una coherencia formal cuya belleza sea supe­rior a la vida y a la muerte. A causa de Strether, aquellas relaciones amorosas, aquella «liaison» de un moderno joven americano con una mujer ya no tan jo­ven que pertenece al glorioso crepúsculo de un mundo en agonía, deberá revelarse «fal­sa». La ciega certidumbre, sin conocimien­to real, de que era falsa, había sido el punto de partida de Strether (y de Woollett); por un camino oblicuo el embajador llega a darse cuenta de que realmente es falsa, pero que su especial falsedad no di­fiere del general «resquebrajamiento» — la imperfección necesaria e inalterable — de la maravillosa copa de cristal bordeado de oro que es la propia vida humana.

Y la historia de la embajada a Europa, que aca­ba con la rotura de una de esas copas do­radas y con la creación de otra — «obra de arte sin resquebrajaduras porque se halla emancipada de las condiciones de la vida humana» — es efectivamente una parábola: su protagonista, que se llama Lambert Stre­ther, descubre la naturaleza de esas «condiciones» — la «historia natural del alma» de Hawthorne — sólo para triunfar de ellas comprendiéndolas, aceptándolas y trans­formándolas en una creación formal del espíritu.

S. Geist