Lady Macbeth

Personaje de Macbeth (v.), tragedia de William Shakespeare (1564- 1616). Como Macbeth (v.), está manchada por una culpa inexpiable, pero sólo en la intención es una criminal fría y cruel: al llegar el momento de la acción, su indómito valor, que hace de ella la figura más gi­gantesca del drama, falla.

Lady Macbeth se había creído férrea y sorda a todo senti­miento compasivo y pensando en su marido había dicho: «Temo por tu carácter: está demasiado embebido de la leche de la bon­dad humana para poder tomar el camino más corto. Tú quisieras ser grande; no ca­reces de ambición pero sí de la malevolen­cia que debería acompañarla; lo que ansias, quisieras tenerlo santamente; no quisieras ser desleal, pero en cambio quisieras lograr algo injusto; tú… quisieras aquello que tie­nes más miedo de cometer que deseo de que no se cometa. Corre, ven para que yo pueda verter en tus oídos mi valentía y rechazar con el valor de mi lengua todo cuanto te aleja del cerco de oro con que el destino y un auxilio sobrenatural pare­cen querer coronarte».

Y al propio Mac­beth le dice: «He dado mi leche, y sé con cuánta ternura se quiere al niño a quien se amamanta: pues bien, yo hubiera sido capaz, mientras él me contemplaba son­riendo, de apartar el pezón de su boca y de saltarle los sesos, si así lo hubiera jurado, como tú juraste eso» (esto es, dar muerte a Duncan). Pero luego no es capaz de cometer el crimen por su propia mano, por­que en su sueño ha creído ver que Duncan se parecía a su propio padre. Y en sus vacilaciones se exhorta a sí misma y exhor­ta a su marido: «No hay por qué preocu­parse tanto por hechos semejantes; de lo contrario nos volveríamos locos».

En realidad, no logra «desnaturalizarse», ni que «su sangre se condense cerrando todo cami­no a la compasión»: el sufrimiento moral la atenaza y aunque más enérgica que Macbeth en su decisión, resiste peor que él el remordimiento; su alma huye por la tangente del delirio y del suicidio. Esa debilidad constituye la humanidad de lady Macbeth, personaje que suscita en nuestro corazón los encontrados sentimientos de la repulsión y de la lástima. Coleridge fue el primero que subrayó la esencial femineidad de lady Macbeth, que para los críticos del siglo XVIII había sido únicamente un mons­truo, y que incluso para su más excelsa intérprete, la actriz Mrs. Siddons, había sido una espléndida diablesa.

En realidad, para los contemporáneos de Shakespeare, su invocación a los espíritus del asesinato y de la destrucción («Venid, oh espíritus que veláis sobre los pensamientos de la muerte, desnaturalizad en este mismo ins­tante mi sexo y colmadme por entero, de los pies a la cabeza, con la más atroz crueldad… Venid a mis pezones de mujer, y tomad mi leche a cambio de vuestra hiel. ¡Oh, ministros del asesinato, dondequiera que os halléis en vuestras invisibles formas, disponeos a servir a la maldad de los hom­bres!») debía parecer literalmente algo así como una espantosa invitación a las poten­cias infernales para que invadieran su cuer­po y tomaran posesión de él, y chuparan sus pechos tal como se creía que los demo­nios lo hacían con los de las brujas, y ex­pulsaran de ella no sólo todo vestigio de gracia, sino también «toda contrita visita de los sentimientos naturales».

En una pa­labra, para aquellos contemporáneos que creían en brujas y en demonios (el propio rey Jacobo I había escrito sobre demonología), lady Macbeth era una posesa a partir del momento de su espantosa invo­cación. Shakespeare, sin embargo, deja la cosa en duda: los demonios invocados por lady Macbeth no la liberan de «toda con­trita visita de los sentimientos naturales», ya que, como se ha dicho, la semejanza de Duncan con su propio padre le impide dar muerte a aquél, mientras que en la escena del sonambulismo nos hace ver que el Creador se apiadaba de ella. Sea como fue­re, lady Macbeth es para su marido una tentadora más temible que las brujas, y Goethe tuvo razón al llamarla «superbruja».

M. Praz