Salomón

[Šělomoh]. «Hijo de David, rey de Jerusalén». El reino de Israel, que con el santo salmista había casi alcanzado el cielo, llega ahora a la cumbre de la tierra con el magnífico rey que es su hijo, «pacífico» y «feliz», como su nombre indica, que durante cuarenta años, desde 972 a 932 a. de C., permaneció sentado en el solio de marfil de los seis escalones.

David y Salo­món representan las dos cumbres de la monarquía hebrea: la santidad y la sabi­duría, Dios y el Rey, el Templo y el Pala­cio, erguidos sobre el monte de Sión ro­deado de valles y precipicios. Aquellos mis­mos precipicios que un día engullirán el fulgor de la Casa de David, precisamente en el año 932. Pero en esa singularidad de destino, en esa unicidad, la gloria de Sa­lomón parece un sol sin rayos ni límites: nacido en la púrpura, heredó la corona de su padre y la sangre de su madre. ¡Y qué sangre! Su madre era Betsabé (v.): una maternidad penetrada en él como un segun­do pecado original, que infectará su vejez rijosa e idolátrica. Cuando David (v.) le invistió con el poder, todo se había cum­plido: no había guerras, ni disputas, ni carestías; sólo faltaban algunos ajustes in­dicados en el testamento. Así, Salomón dio muerte a Joab (v.), ministro y sombra de David; dio muerte a su hermano Adonías, aspirante a la misma corona; desterró al pontífice Abiatar y estableció guarniciones de caballería a lo largo de los caminos y de los pasos del país.

No combatió, porque no tuvo enemigos a quienes combatir: el faraón le dio por esposa a su hija; el rey de Tiro, Hiram, le facilitó artífices y ma­teriales preciosos para la construcción del Templo, y marineros para la flota del Mar Rojo, que cada tres años traía marfil y pavos reales de las misteriosas tierras de Ofir. Y el Señor le dio la sabiduría y dio realeza a su nombre. Las caravanas reco­rrían su reino: los camellos de los merca­deres eran el pacífico ejército del rey y los dones y primicias eran su pacífico botín; de la tierra de Arabia subió una reina, la reina de Saba (v.), para escuchar de su boca la explicación del misterio del Mundo. La revelación divina que había hablado en los Salmos (v.) de David, hablaba ahora en los Proverbios (v.) de Salomón: «Dios concedió a Salomón… un corazón tan vasto como numerosas son las arenas junto al mar. La sabiduría de Salomón superaba la sabiduría de todos los orientales y de todos los egipcios… Salomón pronunció tres mil parábolas y compuso mil cinco poemas.

Trató de las plantas, de los cedros del Lí­bano e incluso del hisopo que florece en los muros; discurrió acerca de las bestias, las aves, los reptiles y los. peces». En esta ins­piración de sabiduría y de justicia consis­tió el milagro de Salomón, la presencia de Dios en su vida, del mismo modo que la profecía había sido el milagro del reino de David. Y de allí se derramó por toda la Biblia (v.), desde los Libros sapienciales a los Salmos nupciales, desde la aurora del Cantar de los Cantares (v.) a la noche del Eclesiastés (v.), esparciéndose por la regia ciudad a la que Salomón había regalado el Templo de oro y el Palacio de cedro y por todos los pueblos, más allá de los confines de la historia y de la religión. Salomón fue una impersonal maravilla, un magnífico profeta laico, fue la hipóstasis terrenal del Reino y de la Sabiduría.

Entre tanta abun­dancia de oro se olvidó el hierro: durante veinte años Salomón estuvo devorando el bienestar de su pueblo, cobrando tributos y vaciando graneros, y había impuesto a las doce tribus un trabajo obligatorio, duro e interminable, que recordaba demasiado a los israelitas la esclavitud en Egipto. So­bre tanto odio surgía lentamente la mole del Templo: siete años, y luego muchos más aún, trece, para el Palacio. Allí, en el ocio de sus mil mujeres, el rey sentenciaba y «consumía todos los días en víveres trein­ta coros de flor de harina y sesenta coros de harina; diez bueyes cebados y veinte bueyes de pasto y cien carneros, sin contar los ciervos, los corzos y los cervatillos ca­zados ni con la volatería de sus corrales».

Estas enumeraciones despertarán la admi­ración y evocarán a los ojos de la posteridad una deslumbradora magnificencia, pe­ro hacían temblar a los súbditos de aquel «rey feliz». Cuando por fin Salomón erigió altares a los ídolos de sus mujeres y los adoró, también Dios desvió de él su favor. La herencia de David se había consumido y la rebelión ardía por doquier. Y a la muer­te de Salomón su reino se escindió en dos para siempre, como un velo: veinte años más tarde los egipcios invadieron el país y saquearon el Templo y el Palacio. El rey feliz sólo vivía en el recuerdo; y para hacerle vacilar incluso en este último re­ducto, surgieron padres y rabinos que se preguntaron si no habría sido condenado a las penas eternas.

P. De Benedetti