La Regenta

Ana Ozores de Quintanar, conocida por «La Regenta» por su matrimonio con el «Regente» (hoy diríamos presidente) de la Audiencia de Vetusta, es la melancólica protagonista de la novela de ese mismo título (v.) de Clarín (Leopol­do Alas, 1852-1901).

En medio de aquel ancho coro de figuras provincianas, nítida­mente recortadas en su más evidente rea­lidad, la «Regenta» queda como en un intencionado desenfoque, que da lugar a una suave neblina en su figura. Evidentemente, Clarín se ha enfrentado con este personaje de manera diversa que en los demás casos: no diseña fríamente su per­sonalidad y carácter, captándolo en ins­tantáneas definitorias, y no usa las frases que, irónicamente subrayadas en cursiva, dejan a los personajes de Clarín clavados como mariposas ante el ojo observador. Ante su protagonista, se diría que el autor se apiada y comparte su tristeza, respetan­do incluso su caída en el pecado. Por eso, paradójicamente, al terminar el libro cono­cemos a Ana Ozores menos que a cual­quier personajillo coral de la novela, pero nuestro conocimiento es diverso, más lírico y amplio.

Clarín se aparta de su línea de rapidez descriptiva para retroceder a la infancia de Ana Ozores, huérfana criada entre la mezquindad de unas viejas tías, más sutilmente corruptoras por lo mismo que su propósito es el matrimonio de la gravosa sobrina. Las pequeñas artes de la seducción de novios son enseñadas a Ana como triste ordenanza de mercadería. Y ella no puede erguirse frente a sus tías, porque una inocentísima escapada campes­tre suya ha servido a las viejas tías para lanzar sobre ella el estigma de la sospecha de pecado, que para ellas no puede ser in­fundada. El matrimonio con el machucho Regente se le aparece como salvación, pero su marido resulta un figurón tan insípido como bondadoso, poco útil ya, por edad y carácter, para las ilusiones de un amor ju­venil. Sus partidas de caza y sus lecturas de dramas clásicos españoles — recitando, espada en mano, a Calderón — le interesan más que la soledad delicada de su mujer.

Ésta se ve acosada en seguida por los de­signios de dos hombres: por un lado, el don Juan de la pequeña capital provincia­na, Álvaro Mesía, elegante, inútil, pero atractivo por su gesto de hastío y por la fama de sus éxitos; por otro lado, don Fermín de Pas (v.), el Magistral de la Ca­tedral, ambicioso clérigo, que se acerca a ella para imponerle el poderío de su ma­gisterio espiritual, aunque al fin no esca­pará al deseo carnal. La «Regenta» oscila entre uno y otro: el ideal de perfección re­ligiosa prevalecería si no fuera porque en su propio maestro espiritual hay un es­condido orgullo y un deseo latente. Y so­bre todo, es la pequeñez de las chácharas provincianas, el aburrimiento de la lluvia, de los salones de la casa, de la insustancialidad, entre vacía y viciosa, de las otras señoras, todo junto, lo que hace aparecer a Álvaro Mesía como hombre superior, exquisito sobre aquella charca, llevando a caer a la «Regenta» en sus brazos.

La «Re­genta» aparece entonces apenas entrevista en el libro: se diría que el autor ha dado unos pasos atrás, dejándola semienvuelta en penumbra. Pero de esta penumbra la saca el choque brutal: su marido, el des­airado personajillo que recitaba a Calde­rón blandiendo la espada, ha sabido su en­gaño, ha acudido al terreno del duelo, y ha muerto allí, por mano de su ofensor. El espíritu de la «Regenta» se hunde en un abismo sin remedio de sufrimiento y ho­rror: el peor castigo es que ha de seguir viviendo, sola, estigmatizada — y el detalle administrativo de percibir la pensión de viudedad sobre el sueldo del marido muer­to por su culpa, es como un toque último de amargura realista—. La apoteosis del remordimiento está en la escena conclusiva: la «Regenta», al fin, decide acercarse a un confesonario a lavar su culpa, pero el con­fesor resulta ser el Magistral, el derrotado pretendiente. Ante su mirada fulminante, Ana cae desmayada: luego, un deforme sa­cristán la encuentra sin sentido, y la besa. «Ana volvió a la vida rasgando las tinie­blas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vien­tre viscoso y frío de un sapo». Así se cie­rra el retrato de esta desdichada pecadora provinciana.

J. M.a Valverde